FUERA (Y DENTRO) DEL JUEGO. UNA RELECTURA DEL «CASO PADILLA» CINCUENTA AÑOS DESPUÉS (+PDF) por Abel Prieto y Jaime Gómez Triana

La Casa de las Américas estuvo en el centro del huracán desatado en torno a la detención, el 20 de marzo de 1971, del poeta Heberto Padilla y a su «autocrítica», realizada tras ser excarcelado el 27 de abril, en la sede de la Uneac, ante un auditorio de escritores miembros de la organización. En aquel año, se publicaron en sucesivos números de la revista de la institución múltiples artículos, declaraciones, respuestas y contrarrespuestas sobre el «caso». Una extensa versión de la «autocrítica» apareció como suplemento en el número 65-66, correspondiente al cuatrimestre marzo-junio.

Desde inicios del mes de abril habían comenzado a circular dos cartas públicas dirigidas a Fidel por intelectuales latinoamericanos y europeos considerados de izquierda, que habían sido hasta entonces admiradores de Cuba y de su socialismo. Una se publicó en el periódico Excélsior de México y solo la firmaron escritores vinculados al PEN Club de ese país. La otra, gestada en París, conocida como «primera carta», apareció en Le Monde, apenas una semana después, suscrita por intelectuales de varios países, muchos de ellos ampliamente reconocidos.

La gran prensa al servicio del Imperio y de la reacción no disimuló su júbilo. Dedicó innumerables titulares a realzar la ruptura con la Revolución Cubana de sus antiguos amigos y el hecho tan estimulante de que, por fin, la islita rebelde del Caribe mostrara un costado abusivo y despótico. Es sintomático que, en el caso de la carta de México, tres de sus firmantes –Fernando Benítez, Marco Antonio Montes de Oca y José Emilio Pacheco, dirigentes del PEN Club de México– tuvieran que dirigirse al director del Excélsior para hacer pública la siguiente aclaración:

La carta del PEN Club al Primer Ministro de Cuba en que se pide la libertad del poeta Heberto Padilla, que usted nos hizo el favor de publicar gratuitamente, como noticia, en su edición del viernes 2 de abril, aparece hoy en varios periódicos como ostentosa inserción pagada sin la anuencia de los firmantes.

Nos apresuramos a aclarar que no tenemos nada que ver con esta manipulación de nuestra carta y nos preguntamos –sabiendo la respuesta– por qué las personas que abusaron del nombre del PEN Club no han procurado darles la misma difusión a nuestros documentos en defensa de José Revueltas y los demás procesados de 1968.[i] 

Alejo Carpentier, quien fungía por entonces como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en Francia, vivió el clima de aquellos días en que se buscaban en París adhesiones para la «primera carta». Fue él quien envió a la Casa de las Américas una copia de la original. En la nota que la acompaña, dirigida a Roberto Fernández Retamar y fechada el 30 de marzo, el autor de El siglo de las luces describe el estilo superficial y apresurado que caracterizó la convocatoria a suscribirla: «Te mando copia del texto de la carta, pero quiero decirte que la mayoría de los firmantes [las firmas] que la endosan, han sido sacadas por teléfono, a personas que no estaban al tanto del asunto».[ii] Alejo explica en particular el rechazo categórico de la escritora y editora lituana Ugné Karvelis a que su firma fuera considerada.

Días después se completaría una fábula maligna que le dio la vuelta al mundo muchas veces y en muy pocas horas: el poeta cubano Heberto Padilla, prisionero a causa de su conducta y literatura heterodoxas, había sido torturado para forzarlo a redactar una «autocrítica» abominable:

Yo he difamado, he injuriado constantemente la Revolución, con cubanos y con extranjeros. Yo he llegado sumamente lejos en mis errores y en mis actividades contrarrevolucionarias […] Porque yo he querido identificar determinada situación cubana con determinada situación internacional de determinadas etapas del socialismo que han sido superadas en esos países socialistas, tratando de identificar situaciones históricas con esta situación histórica que nada tiene que ver con aquellas.[iii]

Una amplia versión de su intervención la noche del martes 27 de abril en la Uneac sería difundida por Prensa Latina en un intento, sin duda infeliz, de dejar saldado el asunto con las autoinculpaciones de Padilla.[iv]  

En realidad, en una actuación minuciosamente preparada, Padilla había representado una parodia caricaturesca de los procesos de Moscú de los años 30, que contenían, como ingrediente esencial, la confesión de las culpas del acusado y la denuncia de otros «traidores».

Nótese, en el párrafo antes citado de la «autocrítica», que Padilla, al enumerar sus «pecados», llama didácticamente la atención sobre cómo quiso «identificar determinada situación cubana con determinada situación internacional de determinadas etapas del socialismo que han sido superadas en esos países socialistas». Ahí no hay nada casual: está dando las claves para sugerir una lectura de lo que está sucediendo con él a partir de purgas ocurridas en la URSS y en otros países de la Europa del Este.

Para Padilla los principales destinatarios de la «autocrítica» no eran los intelectuales cubanos reunidos en la Uneac, sino aquellos extranjeros que potencialmente pudieran sentirse atraídos por el tema y en particular quienes habían manifestado preocupaciones acerca de la suerte del poeta tras su detención, y, antes, a propósito de otras polémicas en las que se había visto envuelto: primero, a raíz de sus criterios, publicados en 1967, sobre obras de Lisandro Otero y Guillermo Cabrera Infante, y luego en torno a su poemario Fuera del juego, premiado en 1968 en un concurso de la Uneac y objetado como «contrarrevolucionario» en un prólogo inaudito de la dirección de la organización.

Unos pocos meses después, Eduardo Galeano, en una entrevista de Jorge Ruffinelli, advertiría con perspicacia que los receptores ideales para el mensaje de Padilla eran «los liberales del mundo». [v] De hecho, varios de ellos percibieron enseguida que, con su «autocrítica», Padilla les suministraba una plataforma idónea para colocar las denuncias contra Cuba en un peldaño superior.  

Uno de esos destinatarios ideales, Juan Goytisolo, quien participó en la redacción de la «primera carta» y fue de los propagandistas más activos durante la campaña de difamación, reconoció, años después, en su libro En los reinos de taifa (1986), la condición paródica de la «autocrítica»:

Para quienes conocíamos a Heberto y estábamos al tanto de sus lecturas literarias y políticas, la desgarradora y caricaturesca confesión estaba llena de lazos y redes para sus cancerberos y mensajes en clave destinados a sus amigos. El poeta se sabía al dedillo el discurso oficial impuesto a trotskistas y bujarinistas en las grandes purgas estalinianas y había asumido sus fórmulas y clichés hasta el absurdo.

[…]

Doblegándose en apariencia a la fuerza y utilizando su lenguaje, Heberto recurría a la astucia del personaje de Marco Antonio durante su arenga sobre el asesinato de César. Si, como dice un héroe de Valle Inclán, «España es un reflejo grotesco de la civilización europea», el montaje teatral del esperpéntico mea culpa de Padilla en la Uneac era un grotesco reflejo caribeño de las célebres purgas de Moscú.[vi]

Mario Benedetti, por su parte, habiendo leído apenas una síntesis de prensa de la «autocrítica», ya podía imaginar el 28 de abril de 1971 la avalancha que sobrevendría:

En este momento yo solo conozco la síntesis. Me imagino cuál será ahora la arremetida de toda la gran prensa del pudoroso Mundo Libre: que es una muestra más de estalinismo, que la carta es una confesión del tipo de los procesos de Praga, etc., etc., etc. No podrán decir que «fue salvajemente torturado», porque me imagino que el Bebo estará tan rubicundo y lozano como cuando se instalaba en el Hotel Nacional, a la caza de karoles y cortázares.[vii]

Unos días después, el 5 de mayo, Benedetti escribe desde Montevideo: 

Aquí, desde lejos, no sé por qué tengo la impresión de que Heberto ha hecho esas declaraciones con la secreta intención de que en el exterior sean tomadas como confesión obligada, como autocrítica obtenida a base de presiones. Sus actuales opiniones pueden ser simplemente otro capítulo de su gran maniobra promocional. Quizás yo sea de los pocos que pueda aquilatar cuánto hay de verdad en la mierda que se tira encima y en la que desparrama, pero lo sospechoso es el tono, y ese tono no me gusta. ¿No puede ser posible que Padilla esté jugando este nuevo juego? Es un personaje tan ambiguo, tan retorcido, tan inasible, que encaja mucho mejor en una novela de Dostoievski que en la actual realidad de Cuba.

Ese mismo día, desde Barcelona, Vargas Llosa, en su carta pública de ruptura con el comité de redacción de la revista Casa de las Américas, dirigida a Haydee Santamaría, ratifica la leyenda de la tortura: 

[…] ese lastimoso espectáculo no ha sido espontáneo, sino prefabricado como los juicios estalinistas de los años treinta. Obligar a unos compañeros, con métodos que repugnan a la dignidad humana, a acusarse de traiciones imaginarias y a firmar cartas donde hasta la sintaxis parece policial, es la negación de lo que me hizo abrazar desde el primer día la causa de la Revolución Cubana […][viii]

La respuesta de Haydee, fechada el 14 del mismo mes de mayo, conmueve por su integridad y altura moral:

Usted no ha tenido la menor vacilación en sumar su voz –una voz que nosotros contribuimos a que fuera escuchada– al coro de los más feroces enemigos de la Revolución Cubana, una Revolución que tiene lugar, como hace poco recordó Fidel, en una plaza sitiada, en condiciones durísimas, a noventa millas del imperio que ahora mismo agrede salvajemente a los pueblos indochinos. […] Cuando en abril de 1967 usted quiso saber la opinión que tendríamos sobre la aceptación por usted del premio venezolano Rómulo Gallegos, otorgado por el Gobierno de Leoni, que significaba asesinatos, represión, traición a nuestros pueblos, nosotros le propusimos «un acto audaz, difícil y sin precedentes en la historia cultural de nuestra América»: le propusimos que aceptara ese premio y entregara su importe al Che Guevara, a la lucha de los pueblos. Usted no aceptó esa sugerencia: usted se guardó ese dinero para sí, usted rechazó el extraordinario honor de haber contribuido, aunque fuera simbólicamente, a ayudar al Che Guevara. Lo menos que podemos pedirle hoy los verdaderos compañeros del Che es que no escriba ni pronuncie más ese nombre que pertenece a todos los revolucionarios del mundo, no a hombres como usted, a quien le fue más importante comprar una casa que solidarizarse en un momento decisivo con la hazaña del Che. ¡Qué deuda impagable tiene usted contraída con los escritores latinoamericanos, a quienes no supo representar frente al Che a pesar de la oportunidad única que se le dio! […] Hombres como usted, que anteponen sus mezquinos intereses personales a los intereses dramáticos de lo que Martí llamó «nuestras dolorosas Repúblicas», están de más en este proceso.

Confiamos, seguiremos confiando toda la vida, en los escritores que en nuestro continente ponen los intereses de sus pueblos, de nuestros pueblos, por encima de todo; en los que pueden invocar los nombres de Bolívar, Martí, Mariátegui y Che. Son ellos los que darán, los que le están dando ya, como en su propia tierra acaban de hacer los mejores escritores peruanos, la respuesta que usted merece. Solo le deseo, por su bien, que algún día llegue usted a arrepentirse de haber escrito esa carta pública que constituirá para siempre su baldón; de haberse sumado a los enemigos de quienes en esta Isla hemos estado y estaremos dispuestos a inmolarnos, como nuestros compañeros vietnamitas, como nuestro hermano Che, por defender «la dignidad plena del hombre».[ix]

Eduardo Galeano, en la referida entrevista de Ruffinelli, reafirmaba su posición solidaria hacia la Revolución Cubana, desacreditaba a los nuevos jueces de la Isla y hacía una lectura muy lúcida de la «autocrítica» de Padilla:

[…] tengo la impresión, si no la convicción, de que fue hecha deliberadamente por Padilla para joder a Cuba. Que la hizo en el estilo de los procesos de Moscú de los años treinta, para enviar una señal de humo a los liberales del mundo, diciéndoles: «Compañeros, yo estoy obligado a escribir esto, pero ustedes bien saben que no soy yo quien lo escribe, sino que es el Yves Montand de L’Aveu, de Costa-Gavras». Cualquier escritor con oficio puede hacerlo. Vos mismo, si querés, o yo, podemos escribir un texto abyecto, arrastrado; es una habilidad que te da la profesión. Ahora, al darle difusión a eso, claro, proyecta internacionalmente una imagen horrorosa de Cuba, y dio pie a que se difundiera desde Europa la versión de que la Isla estaba en pleno estalinismo, gobernada por un régimen de terror en el cual los intelectuales habían perdido la libertad de expresión y de crítica, y que el paraíso se había transformado en el infierno. Es decir, que aquella revolución idealizada por los europeos, a la medida de la revolución que ellos mismos son incapaces de hacer en sus respectivos países, aquella epopeya romántica de los barbudos de la Sierra, había derivado en una cosa espantosa. Ahora Cuba es un campo de concentración.[x]

El 20 de mayo de 1971 apareció, otra vez en Le Monde, la conocida como «segunda carta», también dirigida a Fidel, preparada esta vez desde Barcelona, redactada según su testimonio por Mario Vargas Llosa y suscrita por más de sesenta intelectuales.[xi] Con tono amenazante, la nueva misiva se permitía hablar desde «nuestra vergüenza y nuestra cólera» y daba por cierta la leyenda infame, echada a rodar en la prensa, de que contra Padilla se había empleado la tortura: 

[…] El lastimoso texto de la confesión que ha firmado Heberto Padilla solo puede haberse obtenido mediante métodos que son la negación de la legalidad y la justicia revolucionarias. El contenido y la forma de dicha confesión, con sus acusaciones absurdas y afirmaciones delirantes, así como el acto celebrado en la Uneac, […] recuerdan los momentos más sórdidos de la época estalinista, sus juicios prefabricados y sus cacerías de brujas.

Luego insiste en «el desprecio a la dignidad humana que supone forzar a un hombre a acusarse ridículamente de la peores traiciones y vilezas» y termina con una especie de chiste conciliador: «Quisiéramos que la Revolución Cubana volviera a ser lo que en un momento nos hizo considerarla un modelo dentro del socialismo».[xii]  

Es difícil imaginar un insulto más ofensivo e indignante para una Revolución que, desde los tiempos de la lucha guerrillera, estuvo siempre fundamentada en la ética y en el respeto a la dignidad del ser humano. Fidel respondió a esa injuria específica el 6 de junio de 1971, en el acto por el décimo aniversario del Ministerio del Interior:

Muchas imputaciones calumniosas se le han hecho a esta Revolución, las ha hecho el enemigo imperialista, pero hay verdades tan claras, tan universalmente reconocidas que nosotros consideramos uno de los actos de mayor bajeza, una de las calumnias más infames que se hayan hecho contra la Revolución, la afirmación de que un solo ciudadano de este país haya podido ser víctima de torturas físicas.

De algo tiene que valer la historia de esta Revolución, de algo tiene que valer la tradición de nuestro Ejército Rebelde, de algo tiene que valer la conducta noble, ejemplar e intachable con que nuestros combatientes han librado esta lucha brutal, ¡sí!, brutal por parte del enemigo; lucha brutal en que el enemigo imperialista utilizó todas las armas habidas y por haber contra la Revolución. […]

Porque tienen que doler necesariamente, nos tienen que doler, como revolucionarios, semejantes infamias.[xiii]  

Años después, Fidel se extiende sobre este asunto en sus conversaciones con Ignacio Ramonet. Explica que los combatientes revolucionarios cubanos se formaron en los principios martianos y en la repulsión absoluta y radical a una dictadura sangrienta:

[…] lo que nos inspiraba a nosotros en la lucha contra aquel régimen era el hecho de que asesinaba y torturaba. Yo he dicho alguna vez a los que nos acusan de violar los derechos humanos: «Busquen un solo caso de ejecución extrajudicial, busquen un solo caso de tortura».

[…] Daríamos lo que tenemos, aunque no es mucho lo que tiene este país, si se encuentra un solo caso de un prisionero ejecutado o de un soldado prisionero golpeado en nuestra guerra de liberación.[xiv]

En la mencionada entrevista a Galeano, el autor de Las venas abiertas de la América Latina se detiene en la escandalosa afrenta de la tortura y va más allá para hurgar en la relación ambivalente entre los intelectuales europeos y la Revolución Cubana y en los esquemas con que esta ha sido juzgada: 

[…] En nombre de un caso particular, los tipos llegaron al extremo de calificar a la Revolución de estalinista, que es una cosa muy grave porque de algún modo implica campos de concentración, fusilamientos en masa, negación de muchos principios del marxismo. Y además acusaron a la Revolución de haber torturado a Padilla. Curiosamente, la derecha no había utilizado nunca esa acusación. De Cuba la derecha había dicho de todo, todas las pestes habían inventado, menos esta. Pero aparece un problema con un escritor y entonces, como los escritores son tan importantes, la Revolución le hace el homenaje al poeta Padilla de torturarlo. Cosa que no había hecho ni con los invasores de Playa Girón, ni con los tipos que entran por las playas de Baracoa a quemar escuelas y a matar campesinos inocentes. ¡Si serán importantes los escritores! Entonces, claro, la Revolución se ha sentido agredida.

[…]  

La Revolución había funcionado durante algunos años como una coartada perfecta para la mala conciencia de los intelectuales europeos: en el Caribe se había hecho una revolución perfecta, químicamente pura, a la medida de todos los sueños. Y luego se sintieron estafados cuando de golpe descubrieron que era una revolución toda embarrada de contradicciones y que se equivocaba dos por tres. ¡Como para no equivocarse! Esta es una revolución que creció en condiciones terribles, en una islita, ahí en la boca del imperio, y que tuvo que romper la estructura de la impotencia forjada por cuatro siglos y medio de vida colonial. ¡Fíjate qué tareíta![xv]

Ya para la fecha en que Galeano hace este análisis el plan hábilmente diseñado por Padilla se había venido cumpliendo al pie de la letra y muchos se habían sumado al coro de la difamación contra Cuba. Otros, sin embargo, como Luigi Nono y Julio Cortázar, dos importantísimas figuras que firmaron la «primera carta», tuvieron la valentía moral de reconocer su equivocación y de reafirmar su solidaridad con la Revolución Cubana. El compositor italiano asumió su error a través de una declaración pública enviada desde Chile a Prensa Latina el 4 de mayo: «Mi adhesión a la carta escrita por un grupo de intelectuales europeos sobre el “caso Padilla” ha sido un error mío (y espero que otros lo reconozcan abiertamente)». El autor de Rayuela, en su texto «Policrítica en la hora de los chacales», fechado en mayo de 1971, describió con angustia y dolorosa lucidez el clima de revancha anticubana creado por los medios hegemónicos y por propagandistas al servicio de la derecha y prevé su retorno: «así yo sé que un día volveremos a vernos, / buenos días, Fidel, buenos días, Haydee, buenos días, mi Casa, / mi sitio en los amigos y en las calles, mi buchito, mi amor, / mi caimancito herido y más vivo que nunca». [xvi]

Valga decir además que el simple cotejo entre los nombres iniciales y los que finalmente trascendieron como firmantes de la «primera carta» nos regresa a la superficialidad con que fueron gestionadas las adhesiones, ya advertida por Carpentier. Por otra parte, el hecho de que muchos de los que aparecieron al pie de ese primer mensaje desde Europa no se comprometieran luego con el segundo, podría dar cuenta igualmente de la honestidad de quienes comprendieron que estaban siendo utilizados en una confabulación mediática reaccionaria por los enemigos de Cuba y de toda causa justa.

La firma más polémica de todas las aparecidas en la «primera carta» fue la de Gabriel García Márquez, a quien ni siquiera se le consultó. Sin embargo, esclarecido el tema por el autor de Cien años de soledad, los periódicos y las revistas siguieron reproduciendo el documento con el nombre de Gabo. Su ausencia no era buena para lo que se buscaba. Había confesado que no llegaba a convencerse «de la espontaneidad y sinceridad de la autocrítica de Heberto Padilla» y, a la pregunta sobre la presencia del estalinismo en Cuba, respondió:

Me atrevo a decirle una cosa: si de veras hay un germen de estalinismo en Cuba, lo vamos a saber muy pronto, porque lo va a decir el propio Fidel. Hay un antecedente: en 1961 hubo una tentativa de imponer métodos estalinistas; el propio Castro lo denunció en público y lo extirpó en su embrión. No hay ningún motivo para pensar que ahora no ocurriría lo mismo, porque la vitalidad de la Revolución Cubana, su buena salud, no pueden haber disminuido desde entonces.

Y descarta que el «caso» implique una ruptura con Cuba de la intelectualidad latinoamericana:

La Revolución Cubana es un acontecimiento histórico fundamental en la América Latina, y en el mundo entero, y nuestra solidaridad con ella no puede afectarse por un tropiezo en la política cultural, aunque ese tropiezo sea tan grande y tan grave como la sospechosa autocrítica de Heberto Padilla.[xvii]

Hubo, como se sabe, aunque se omite convenientemente la mayoría de las veces, firmantes de la «segunda carta» que, años después del «caso Padilla», regresaron a Cuba y se reencontraron con la utopía que tanto los había inspirado. La escritora nicaragüense-salvadoreña Claribel Alegría ganó el Premio Casa en 1978 e integró el jurado del concurso en 1981 y en 1989. Fueron asimismo jurados en el género de poesía el español Ángel González (1978), el mexicano José Emilio Pacheco (1981), el español José Agustín Goytisolo (1984) y el venezolano Adriano González León (1993).[xviii] 

Por su parte, el antropólogo e historiador mexicano Fernando Benítez, quien fuera director del suplemento La Cultura en México de la revista Siempre! y una pieza clave en la movilización de los escritores de ese país en torno al «caso», regresó a la Isla como parte de una delegación oficial y tiempo después envió una carta a Roberto Fernández Retamar en la que revisaba su actuación en 1971:

Cometí el error de cuestionar el caso Padilla con otros muchos, porque pensé y sigo pensando que el socialismo con libertad se daba por primera vez en Cuba. Ustedes se sintieron traicionados. Yo también, porque Padilla era un bufón despreciable. De cualquier modo, nunca, en todos mis cargos durante 20 años he dejado de ser un aliado de la Revolución Cubana que es también un modo de ser solidario con mi país.

Hasta hubo algunos de los que auguraron con las peores intenciones una ofensiva estalinista en Cuba, como Jorge Edwards y Mario Vargas Llosa, que reconocieron que las cosas no fueron tan lejos como quizás reservadamente querían. Ilustrativos resultan los párrafos finales del libro de memorias del chileno:

Pasó hace poco un artista cubano por París y me confirmó que Padilla está muy bien, que ahora tiene un buen puesto en el Instituto del Libro, que participa en algunas tertulias literarias y habla con humor de su autocrítica, la que compara con algunas autocríticas clásicas de la historia del socialismo. Dice, por ejemplo, que la suya es mejor que la de Evtuchenko, pero que olvidó un detalle muy interesante que puso Luckács en la segunda de las suyas, y que en cualquier caso la mejor de las autocríticas —él reconoce que no consiguió superarla—, es la de Eisenstein, el gran maestro de los comienzos del cine soviético.

Como se puede apreciar, se temió en los días del encarcelamiento de Padilla que viniera una represión en grande. […] Sin embargo, la represión en gran escala no se produjo. […] Padilla había salido de la experiencia con la salud un tanto quebrantada, pero su voz teatral y sus carcajadas estentóreas resonaban otra vez en las tertulias habaneras.[xix]

Jorge Fornet, en su riguroso estudio El 71. Anatomía de una crisis, recoge, glosándolo, el cierre del libro de Edwards, fechado el 30 de abril de 1972, apenas un año después del clímax del «caso». Más adelante, completando su idea, recuerda que el propio Vargas Llosa en la reseña de Persona non grata, publicada en 1974, advertía que la historia que cuenta «es, sin duda, pequeña y circunscrita, una marejadilla político-literaria, en la que, al fin y al cabo, hubo más ruido que nueces».[xx]

Guillermo Rodríguez Rivera, por su parte, volverá en su libro Decirlo todo. Políticas culturales (en la Revolución cubana) sobre un Padilla que años después se regodea en su broma macabra. Cuenta Guillermo que coincidió con el autor de Fuera del juego en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en 1994, y que este le confesó, sonriente, que sí, que efectivamente había parodiado las autocríticas de las purgas de Stalin de los años treinta.[xxi]     

En una entrevista que le realizara, en 2009, Leonardo Sarría a Roberto Fernández Retamar y que publicó Dédalo, la revista de la Asociación Hermanos Saíz, el poeta y ensayista haría el siguiente balance:

El denominado «caso Padilla» no involucró solo a intelectuales latinoamericanos, sino también a otros de áreas distintas; y no «se definieron claramente dos posturas»: hubo más de dos, y hubo también los que pasaron de una a otra. Rememoro con tristeza esos acontecimientos. Desde el principio (es decir, desde 1968, cuando se publicó y criticó su libro Fuera del juego), no fue tratada con acierto la conducta de Padilla. Ambrosio Fornet se ha referido a esa conducta en su conferencia «El Quinquenio Gris: revisitando el término». Y la corona del desacierto fue haber auspiciado el discurso que Heberto pronunció en la Uneac, poco después de haber estado encarcelado alrededor de un mes. Aunque no todos lo percibimos entonces, su presunta autocrítica fue un calco de los discursos que pronunciaron las víctimas de los horribles procesos de Moscú, en los años treinta, antes de ser ejecutados, lo que por supuesto no fue el caso de Padilla. Pero el texto hizo que viejos exestalinistas descifraran con facilidad el mensaje enviado por Heberto. Y a ellos se sumaron, con preocupación unos y con embullo otros, gentes de orientaciones muy diversas, a veces serias y a veces nada serias. Se vivió entonces lo que el magnífico Julio Cortázar llamó «la hora de los chacales». Partiendo de desaciertos cubanos, varios intelectuales, algunos de calidad, rompieron estruendosamente con la Revolución Cubana, e incluso con la izquierda en general. Tal no fue el caso de muchísimos otros intelectuales. Ya mencioné un texto de Cortázar. Rodolfo Walsh escribió al efecto un artículo luminoso.[xxii]

Entre los muchos análisis que desde la América Latina produjo el «caso Padilla», vale la pena rescatar el texto de Rodolfo Walsh publicado en La Opinión de Buenos Aires solo seis días después de que se divulgara en París la «segunda carta»:

Mario Vargas Llosa ha creído reconocer en la sintaxis de Padilla el influjo policial. Se supone, por ejemplo, que cuando Padilla dice «Yo he sido un cliché del desencanto» la frase se la sopla un funcionario de Seguridad, quizá desencantado. En tres semanas, océano de por medio, sin evidencias, contrariando incluso la evidencia del corresponsal francés que revisa físicamente a Padilla, los sesenta y dos intelectuales concluyen que su autocrítica solo puede haberse obtenido mediante la tortura.

Excluyen la posibilidad de que la autocrítica sea sincera: o bien insincera pero dictada por la conveniencia de cualquier prisionero; y por último que Padilla, conocedor de la resonancia que un texto como el suyo iba a tener, haya elegido esa vía para librar una nueva batalla contra el Gobierno de su país.

Todo el procedimiento de los sesenta y dos intelectuales me parece de una formidable ligereza. Ellos pueden ignorar lo que significó el estalinismo como construcción de un país, no pueden ignorar lo que significó en su aspecto represivo: la liquidación física de toda una dirección revolucionaria, el fusilamiento de escritores, el asesinato de Trotski y el exterminio de centenares de miles de hombres del pueblo. ¿Dónde está el paralelo? Encandilados por la semejanza externa de un procedimiento, olvidan todo lo que hasta ayer los convirtió en defensores de la Revolución Cubana y trasladan mecánicamente la Rusia de 1937 a la Cuba de 1971. Cuando el cielo es convertido así en repentino infierno, yo pienso que el método es un arrebato, y el resultado una caricatura.

Más adelante Walsh introduce una pregunta especialmente perturbadora para los escritores firmantes:

De Francia, de donde nos llega esta carta, también llegan a América Latina los tanques AMX-13, los aviones Mirage y los helicópteros antiguerrilla. ¿Quién podría asegurar que las palabras y las armas no se complementan: que una protesta contra supuestas torturas en Cuba no contribuirá a legalizar torturas reales en Brasil, Guatemala, ¿Argentina? Estoy seguro de que esa no es la intención de los sesenta y dos intelectuales, pero si alguno de ellos reflexiona más profundamente sobre el tema, quizás tengamos alguna nueva autocrítica, redactada esta vez a orillas del Sena.[xxiii]

En una declaración a Prensa Latina del 9 de junio, Haroldo Conti insistiría en caracterizar la realidad del continente y denunciar el doble rasero a la hora de tratar un tema y otros:

Aquí en América, nosotros estamos en guerra. No sé si esto se ve claro desde Europa, frente a tantos compañeros perseguidos, torturados, muertos, que por lo general pasan inadvertidos o apenas alcanzan la crónica policial, el episodio Padilla me parece hinchado hasta la desmesura. En todo caso sirve como asunto de discusión y reflexión dentro de la Revolución, pero jamás fuera o lejos de ella, que es casi lo mismo, porque entonces, y a pesar de las intenciones, nos daña a todos y a la propia Revolución.[xxiv]

Estremecen los textos de Walsh y de Conti en defensa de Cuba. Ajenos a cualquier frivolidad, los dos enfrentaron con argumentos inobjetables las posturas más mezquinas. Como se sabe, la guerra que denunciaban generó un atroz genocidio y cercenó incluso sus propias vidas.

El 5 de junio, desde la revista Triunfo, de Madrid, el dramaturgo español Alfonso Sastre, indignado con la «segunda carta», increpa a los firmantes:

¿Qué ha pasado de ayer a hoy? ¿Es que los habían engañado sobre aquel proceso revolucionario y de ahí la anterior vehemencia con que, según dicen, defendían la Revolución Cubana? ¿El «caso Padilla» los ha sacado de su error? ¿De verdad encuentran en su información sobre el caso un fundamento teórico suficiente para pasar de la vehemencia admirativa a la vergüenza y a la cólera? ¿Por ventura se sienten intelectual, moral y políticamente cómodos en esa posición? ¿Han estudiado tan detenidamente los hechos en su, seguramente, compleja estructura, como para pasar de considerar la Revolución Cubana como «un modelo» a denunciarla públicamente, como un vástago del estalinismo y del terror? ¿El pasado y sus secuelas operan en ustedes como categorías fijas de su pensamiento, como «aprioris» fijados, absolutos, de su actual discurso intelectual?

[…]

¿Tanto imperio ejercen sobre ustedes los viejos clichés?[xxv]

Nombres de mucho peso apoyaron a la Revolución en medio de la conjura de los chacales descrita por Cortázar. Estas posturas, como era de esperar, fueron sistemática e intencionalmente silenciadas por los medios hegemónicos. Cuba no se quedó sola; pero tanto el «caso» mismo como su repercusión internacional dañaron sensiblemente los vínculos de nuestro país con un amplio sector de la intelectualidad europea y latinoamericana. 

La polémica derivó hacia un debate sobre el modelo ético de intelectual que demandaba nuestra América en medio del enfrentamiento entre los pueblos y las oligarquías nacionales apoyadas por el imperialismo. Se cuestionó el papel del intelectual narcisista y ególatra concebido como «conciencia crítica» de la sociedad y fue exaltado aquel que se involucra a plenitud con la causa de la emancipación. Hubo enjuiciamientos muy duros contra toda postura colonizadora y cualquier pretensión de juzgar nuestras realidades y procesos culturales desde una mirada proveniente de las antiguas metrópolis. Se gestó paradójicamente un sentimiento antintelectual, muy nocivo, en los sectores culturales. Creció el rechazo pretendidamente «revolucionario» a la ineludible y necesaria función crítica de la creación artística y literaria.

Hubo otro factor que no puede subestimarse al evaluar la polarización de las posiciones: el mercado literario. En su libro de 2003 Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del intelectual revolucionario en América Latina, Claudia Gilman señala:

[…] una vez que se consagró un conjunto de novelas y autores, quedó claro que el mercado no reservaba mejor suerte al escritor según su calidad revolucionaria. […] La consagración mercantil trazó una división entre los autores célebres y los otros. […] ¿Cómo fue ese proceso mediante el cual la familia latinoamericana separó con una línea particularmente curiosa entre consagrados y no consagrados? Desde Mundo Nuevo (una de las revistas más asociadas al boom) Monegal agradecía la difusión de la literatura latinoamericana que hacíaVisión, una revista de asuntos latinoamericanos editada en Estados Unidos y que formaba parte del aparato ideológico de la Alianza para el Progreso, pero tomaba la precaución de desmentir cualquier sospecha de que el éxito de la literatura latinoamericana implicaba una fuente de ingresos económicos para los autores.[xxvi]  

Gilman subraya además que «Hasta ahora no se ha estudiado lo suficiente cómo influyó el mercado literario en la conformación de ideologías de escritor y en la configuración de los debates estético-ideológicos del campo intelectual latinoamericano».[xxvii] Y, aunque falte esa evaluación rigurosa, resulta obvio que uno de los instrumentos del Imperio para domesticar a los sectores intelectuales ha sido y sigue siendo el acceso al mercado del arte y la literatura, premios, becas, visibilidad mediática. La cobertura mediática descomunal que recibió el «caso Padilla» se inscribía dentro de los esfuerzos que venían haciendo los Estados Unidos —a través de la CIA y de varias entidades federales y fundaciones— para destruir el liderazgo internacional de la Cuba revolucionaria en el campo de la cultura. Las revistas Mundo Nuevo, primero, y Libre, después, fueron concebidas y financiadas como contrapeso de la labor específica de la Casa de las Américas y en general del influjo del pensamiento anticolonial y antimperialista que irradiaba desde nuestro país.

Incontables son los mensajes llegados a la Casa de las Américas en los días del «caso». Muchos de ellos de apoyo a Cuba fueron publicados íntegramente en el órgano de la institución, que en su presentación de la sección «Posiciones», del número 67, fijaba su postura:

[…] la prensa capitalista desató una calumniosa campaña contra Cuba, a la cual colaboraron algunas decenas de intelectuales colonizadores, con su secuela de colonizados, de destartalada ideología, quienes aprovecharon una coyuntura para mostrar su verdadero rostro, contrario a la Revolución, y prestar servicios conscientes o no al imperialismo norteamericano. Recogemos aquí algunas respuestas a esa campaña. En cuanto a los textos hostiles (salvo la carta de Vargas Llosa, cuya ausencia haría poco comprensibles ciertas páginas), prescindimos de ellos: ya el imperio se encargó de difundirlos copiosamente.[xxviii]

En este mismo número, en la sección «Al pie de la letra», aparecieron diversas notas relacionadas con esta discusión. Ambas secciones retomarían el tema en el siguiente número, que incluyó como plato fuerte textos de mayor hondura. Uno de ellos sería ni más ni menos que Caliban, el notable ensayo de Roberto Fernández Retamar, que es, acaso porque escapa de lo estrictamente anecdótico, de «lo pequeño y circunscrito» de la historia, y también de todo dogmatismo, la única obra perdurable e indudablemente fundamental resultante del «caso».

Quizás bastaría con que celebremos este año el aniversario cincuenta de aquel memorable ensayo de Roberto; pero lo cierto es que, luego de recorrer buena parte de la papelería de la época que atesora el archivo de la Casa de las Américas y que, como es natural, incluye cartas, recortes de periódicos llegados desde toda la América Latina, despachos de prensa, cables y documentos de toda índole, nos pareció que se debía reunir y publicar una selección del material existente sobre el «caso Padilla» que incluyera sobre todo los textos que, por razones obvias, recibieron muy escasa atención de la gran prensa.

La compilación que hemos preparado incluye la «autocrítica» tal como la publicó el suplemento de la revista Casa de las Américas, las tres cartas a Fidel –la del PEN Club mexicano y las que se enviaron desde Europa–, las cartas cruzadas entre Vargas Llosa y Haydee Santamaría y otros muchos textos que permiten una aproximación diferente al tema. Algunos de los materiales que se recogen, como la entrevista de Ruffinelli a Galeano y la que hiciera a Gabo el periodista Julio Roca para el Diario del Caribe, circularon tan escasamente que constituyen ahora una verdadera novedad. Entre lo más valioso de la selección están cartas, hasta ahora inéditas, de Alejo Carpentier, Mario Benedetti, Julio Cortázar y Fernando Benítez, además de un curioso memorándum de la CIA titulado «¿Padilla: un Solzhenitsyn de Castro?», que da seguimiento al «caso». Completan la compilación fragmentos del texto «Ángel Rama y la Casa de las Américas», de Roberto Fernández Retamar, y de los libros El 71. Anatomía de una crisis, de Jorge Fornet y Decirlo todo. Políticas culturales (en la Revolución Cubana), de Guillermo Rodríguez Rivera. Los testimonios de Graziella Pogolotti y Miguel Barnet se recogieron especialmente para esta publicación.

El «caso Padilla» nos deja lecciones muy útiles sobre los graves daños que pueden provocar los prejuicios antintelectuales y una atmósfera cargada de suspicacia y desinformación. Al propio tiempo, hace evidente la necesidad de consolidar una comunicación fluida e invariable entre las instituciones y los creadores.

Los errores que en materia de política cultural se cometieron en torno al «caso» fueron promovidos por gente mediocre y oportunista que traicionó el espíritu unitario y antidogmático de las Palabras a los intelectuales de Fidel. Estas distorsiones, algunas derivadas del Congreso Nacional de Cultura, han dado lugar a un sinnúmero de estudios y testimonios, entre los que se destacan los presentados en el amplio ciclo de pensamiento organizado, en 2007, por la revista Criterios de conjunto con la Uneac, la AHS y el Ministerio de Cultura. La apertura de este ciclo tuvo lugar precisamente en la sala Che Guevara de la Casa de las Américas.

La creación del Ministerio de Cultura en 1976 y la designación al frente de ese organismo de una figura tan prestigiosa y aglutinadora como Armando Hart significaron dos pasos decisivos para la rectificación de esos errores y retomar la política trazada en 1961. Para Ambrosio Fornet:

Quizás nunca se haya escuchado en nuestro medio un suspiro de alivio tan unánime como el que se produjo ante las pantallas de los televisores la tarde del 30 de noviembre de 1976 cuando, durante la sesión de clausura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, se anunció que iba a crearse un Ministerio de Cultura y que el ministro sería Armando Hart. Creo que Hart ni siquiera esperó a tomar posesión del cargo para empezar a reunirse con la gente. Viejos y jóvenes. Militantes y no militantes. No preguntó si a uno le gustaban los Matamoros o los Beatles, si apreciaba más la pintura realista que la abstracta, si prefería la fresa al chocolate o viceversa; preguntó si uno estaba dispuesto a trabajar. Tuve la impresión de que rápidamente se restablecía la confianza perdida y que el consenso se hacía posible de nuevo.[xxix]

Graziella Pogolotti, por su parte, al referirse a la labor fundadora de Armando Hart al frente del nuevo organismo, recuerda que: 

En los pasados 80, hubo que cicatrizar heridas. Hubo también otros desafíos. Sobre la fragmentación de la izquierda, el discurso imperial retomaba la ofensiva. En el batallar de las ideas, Hart sabía que era indispensable «cambiar las reglas del juego», sustituir las reacciones defensivas por el diseño de lineamientos propositivos afincados en el reconocimiento de nuestra identidad nacional, en el respaldo a la experimentación, en el impulso a la creatividad como fuerza nutricia del ser de la nación. Como círculos concéntricos, los espacios de diálogo se multiplicaron.[xxx]

Medio siglo después del «caso Padilla», los enemigos de la Revolución intentan volver a aprovecharlo mediáticamente. Repiten, como es natural, muchas de las mentiras que se dijeron entonces y omiten, por supuesto, como se hizo hace cincuenta años, todo lo que pueda debilitar la agenda prevista en su campaña de propaganda.

Ningún medio de la época –aparte del propio Excélsior– reflejó la protesta del PEN Club de México por la desmesurada divulgación que tuvo su mensaje al Primer Ministro de Cuba «en varios periódicos como ostentosa inserción pagada sin la anuencia de los firmantes», que consideraron una «manipulación de nuestra carta». Tampoco la gran prensa resaltó el desmentido de García Márquez, quien no fue consultado para ser incluido entre los firmantes de la «primera carta». Argumentos como los de Walsh, Conti, Sastre, Galeano –en la entrevista de Ruffinelli–, entre muchos otros, inestimables para entender la complejidad del «caso», tuvieron poquísima resonancia. Un dato al que nadie al parecer prestó atención fue ofrecido por un corresponsal de prensa francés que, como dijera Walsh, examinó físicamente a Padilla y no encontró señal alguna de las supuestas torturas.

Es sistemáticamente ignorado uno de los argumentos más punzantes que se reitera en los textos de apoyo a Cuba: cómo los «liberales» y los medios erigidos en jueces de la Revolución convierten el «caso Padilla» en un acontecimiento de resonancia mundial e ignoran al propio tiempo los horrendos crímenes del aparato represivo oligárquico e imperialista.

Es difícil calcular las dosis de histrionismo, astucia, simulación y cinismo que derrochó Padilla para fabricar su personaje, la «autocrítica» y toda la trampa en que cayó tanta gente, dentro y fuera de Cuba.

Hoy resulta obvio que la «confesión» respondía a un plan preparado por el propio Padilla. Aquella «gran maniobra promocional» contó con el apoyo entusiasta de la gran prensa y de los hinchados egos de muchos de los intelectuales extranjeros implicados. A esto hay que sumar las ingenuidades y torpezas de funcionarios del Minint, del Consejo Nacional de Cultura y de la Uneac de entonces, que consideraron honesta la «autocrítica» y creyeron que su difusión sería conveniente para la Revolución. Para Roberto Fernández Retamar, como vimos, «la corona del desacierto fue haber auspiciado el discurso que Heberto pronunció en la Uneac».

Repasar los documentos que ponemos hoy a disposición de los lectores no es una tarea arqueológica. Por el contrario, se trata de algo de mucha actualidad. El enemigo histórico de Cuba no ha renunciado a crear una quintacolumna contrarrevolucionaria en el ámbito cultural. De hecho, ante las dificultades para encontrar verdaderos artistas dispuestos a venderse, han tenido que reclutar a personajes impresentables.

En su discurso de clausura del reciente Congreso del Partido, Miguel Díaz-Canel, Presidente de la República y Primer Secretario del Comité Central, retomó aspectos medulares de la política cultural cubana que de ninguna manera pueden olvidarse y forman parte sustancial del ideario fundador de las Palabras a los intelectuales de Fidel:     

En la batalla ideológica debemos acudir a Fidel, quien nos enseñó no solo que la cultura es lo primero que hay que salvar, sino que para salvarla tenemos que ser interlocutores constantes de nuestros intelectuales y artistas.

También nos enseñó que este no sería un diálogo cómodo para las partes involucradas, pero que sí tenía y tiene que ser un proceso permanente, donde el respeto y la voluntad de trabajar juntos queden genuinamente probados.

La Revolución no solo no le teme al pensamiento creador, sino que lo aúpa, lo cultiva, abre campos para su crecimiento y desarrollo, lo reconoce y se nutre de sus aportes […]

El aprendizaje en los campos de la política y la ideología concierne a todas las fuerzas que participan en un proceso. Lo imperdonable no es haber cometido errores en los años precedentes o ahora mismo, lo imperdonable sería no corregirlos.

Esta compilación pretende ofrecer a los interesados valoraciones y puntos de vista poco conocidos que contradicen total o parcialmente algunos de los estereotipos que han circulado y circulan sobre el «caso Padilla». Los textos aquí reunidos facilitarán una evaluación más completa y matizada de aquellos hechos. Esperamos que sean útiles.

La Habana, abril de 2021.


Fuera (y dentro) del juego. Una relectura del «caso Padilla» cincuenta años después Descarga


[i] Nota publicada en el periódico Excélsior, de México, el 5 de abril de 1971. El recorte y la transcripción integran la colección de materiales sobre el «caso Padilla» atesorada por la biblioteca de la Casa de las Américas.

[ii] Salvo que se indique lo contario, las cartas aquí citadas forman parte de la extensa colección epistolar atesorada por el Archivo de la Casa de las Américas y sus transcripciones se recogen en esta compilación.  

[iii] Heberto Padilla: «Intervención en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba», revista Casa de las Américas número doble 65-66, 1971, pp. 191-203. Se recoge en la compilación adjunta, descargable en PDF.  

[iv] Prensa Latina también había hecho pública, con anterioridad, una carta de Padilla en la que solicitaba tener la oportunidad de explicar personalmente su «caso». Durante la intervención en la Uneac, Padilla repitió los elementos recogidos en su carta.   

[v] Jorge Ruffinelli: «El escritor en el proceso americano. Entrevista con Eduardo Galeano», Marcha, núm. 1555, 6 de agosto de 1971, pp. 30 y 31. Se recoge en la compilación adjunta, descargable en PDF.  

[vi] Juan Goytisolo: «El gato negro de la Rue de Bièvre», en En los reinos de taifa, Barcelona, Seix Barral, 1986, pp. 155-197.

[vii] Fragmentos de esta y otra carta, recogidas en esta compilación, fueron citados en el texto «Mario, el de la Casa. Itinerario epistolar», que Jorge Fornet publicara en la revista Casa de las Américas, núm. 300, julio-septiembre de 2020, pp. 141-175. 

[viii] Aparece como nota al pie en Haydee Santamaría: «Respuesta a Mario Vargas Llosa», revista Casa de las Américas, núm. 67, julio-agosto de 1971, p. 140. Se recoge en la compilación adjunta, descargable en PDF.

[ix] Haydee Santamaría: «Respuesta a Mario Vargas Llosa», revista Casa de las Américas, núm. 67, julio-agosto de 1971, pp. 141 y 142. Se recoge en la compilación adjunta, descargable en PDF.

[x] Eduardo Galeano: ob. cit., pp. 30 y 31.

[xi] Aunque muchos se han referido a este documento como la carta de los 62, lo cierto es que en todas las versiones que hemos podido consultar solo aparecen 61 firmantes.

[xii] Lourdes Casal: El caso Padilla: Literatura y Revolución en Cuba. Documentos. New York: Ediciones Universal, s.a., p. 123.

[xiii] Fidel Castro: «Discurso pronunciado por el comandante Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, en el acto conmemorativo por el X aniversario de la creación del Minint, celebrado en el teatro de la CTC, el 6 de junio de 1971». Tomado de http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1971/esp/f060671e.html. Recuperado el 2 de abril de 2021.

[xiv] Ignacio Ramonet: Cien horas con Fidel. La Habana, Editorial Ciencias Sociales y Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2018, pp. 220 y 225.

[xv] Eduardo Galeano: ob. cit., p. 31.

[xvi] Julio Cortázar: «Policrítica en la hora de los Chacales», en revista Casa de las Américas, núm. 67, julio-agosto de 1971, p. 161. Se recoge en la compilación adjunta, descargable en PDF.

[xvii] Gabriel García Márquez: «Gabriel García Márquez», Cuadernos Marcha, núm. 49, mayo de 1971, p. 28. Se recoge en la compilación adjunta, descargable en PDF.

[xviii] El notable arquitecto cubano Ricardo Porro, quien fuera firmante de la «segunda carta», regresó a Cuba en 1996 y luego en 2008, dicto varias conferencias para estudiantes de arquitectura. También se mantuvo directamente al tanto del proceso de restauración de sus edificios en las Escuelas de Arte.

[xix] Jorge Edwards: Persona non grata. Barcelona, Tusquets, 2000, pp. 347 y 348.

[xx] Mario Vargas Llosa: «Un franco tirador tranquilo», Plural, núm. 3, 15 de diciembre de 1974, p. 76.

[xxi] Guillermo Rodríguez Rivera: Decirlo todo. Políticas culturales (en la Revolución cubana). La Habana, Ediciones Ojalá, 2017, p. 205. Un fragmento de este libro se recoge en la compilación adjunta, descargable en PDF.

[xxii] Roberto Fernández Retamar: Un poeta metido en camisa de once varas, La Habana: Ediciones Unión, 2017, pp. 204 y 205. Apareció por vez primera en Dédalo, núm. 11, septiembre de 2009.

[xxiii] Rodolfo Walsh: En la sección «Al pie de la letra», revista Casa de las Américas, núm. 67, julio-agosto, de 1971, p. 192. Apareció por vez primera en La Opinión (26 de mayo de 1971). Para esta compilación lo tomamos del despacho de Prensa Latina fechado en Buenos Aires el 26 de mayo de 1971. Se recoge en la compilación adjunta, descargable en PDF.

[xxiv] Haroldo Conti: En la sección «Al pie de la letra», revista Casa de las Américas, núm. 68, septiembre-octubre de 1971, p. 182. Se recoge en la compilación adjunta, descargable en PDF.

[xxv] Alfonso Sastre: En la sección «Al pie de la letra», Casa de las Américas, núm. 67, julio-agosto de 1971, p. 193. Se recoge en la compilación adjunta, descargable en PDF.

[xxvi] Claudia Gilman: Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, Argentina, 2003, pp. 267 y 268.

[xxvii] Claudia Gilman: ob. cit., p. 266.

[xxviii] En revista Casa de las Américas, núm. 67, julio-agosto de 1971, p.139.

[] Ambrosio Fornet: «El Quinquenio Gris: revisitando el término», revista Casa de las Américas, núm. 246, enero-marzo de 2007, p. 15.

[xxx] Graziella Pogolotti: «Recuerdos en tiempo presente», Juventud Rebelde, domingo 10 de diciembre de 2017, p. 5.