HOLMES, WATSON Y EL SABUESO DE LOS BASKERVILLE por Abel Prieto

En este dibujo quise representar al legendario detective Sherlock Holmes, a su inseparable Watson y al Sabueso de los Baskerville. En la historia que escribió Sir Arthur Conan Doyle, el Perro sintetiza todo el Mal imaginable. Es el instrumento feroz que utilizó el Asesino para desembarazarse del viejo Charles Baskerville, de corazón débil, y el que planea emplear para suprimir a su descendiente. El Asesino también lleva en sus venas sangre de los Baskerville y aspira a heredarlo Todo, cuando se quite de encima al heredero, digamos, oficial. La mano amable y oscura que sostiene en el dibujo la pipa de Holmes le pertenece a él, al Asesino. Preferí sugerir su presencia de este modo lateral y sinuoso. ¿Qué hay de sorpresivo en el dibujo? La mansedumbre del Perro, su aire bondadoso, inofensivo, la manera en que acepta las caricias del Doctor Watson y se integra a la escena como uno más, como alguien de la familia. Ha perdido (el Perro) su esencia demoníaca, su fosforescencia proveniente del Infierno, los rasgos que lo convirtieron en la Maldición de los Baskerville. Simplemente, “se volvió bueno”.

Enrique Núñez Rodríguez contaba una anécdota sobre las aventuras radiales de Leonardo Moncada, “el Titán de la Llanura”. que incluye una conversión similar. Decía que un capítulo había terminado de modo muy dramático: Moncada estaba en alta mar, y un enorme pulpo le había arrancado el cuchillo y lo tenía cogido por el cuello. Todo el equipo del programa se había reunido para pensar en cómo sacar al héroe de aquel apuro en el próximo capítulo. Uno propuso que el ayudante de Moncada, Bejuco Ramírez, se lanzara a las aguas para salvarlo; pero Enrique recordó que se había dicho muchas veces que Bejuco no sabía nadar. Otro sugirió que el perro de Moncada, “Campeón”, podría hundirse en las profundidades y morder al pulpo; y Enrique desechó de inmediato la idea: “Campeón”, según se había dicho y repetido, estaba a muchas leguas de allí. A uno de los actores (creo que al propio Eduardo Egea) se le ocurrió una propuesta milagrosa: “Que el pulpo se vuelva bueno y lo perdone.”