AVENTURAS Y DESVENTURAS DE SHERLOCK HOLMES por Abel Prieto

Un conocido Holmes ha sido el actor estadounidense Robert Downey Jr. (aunque su papel más exitoso es el de Tony Starks y su doble: el superhéroe Iron Man). Protagonizó dos películas inspiradas en el detective de Conan Doyle, con Jude Law como Watson: Sherlock Holmes, en 2009 y Sherlock Holmes: juego de sombras, en 2011

22 de mayo de 2020

El escritor británico Arthur Conan Doyle nació el 22 de mayo de 1859 y murió en 1930. Su personaje más célebre, Sherlock Holmes, lo sobrevivió con creces y sigue resucitando una y otra vez en películas, series, videojuegos y dibujos animados.

El atractivo de este detective proviene de su personalidad excéntrica, de su abrumadora seguridad en sí mismo y en especial de su brillante inteligencia. Muchísimos lectores, desde finales del siglo XIX hasta hoy, han quedado gratamente desconcertados ante la destreza de Holmes para adivinar la profesión y el origen de un individuo con una ojeada a su apariencia y, por supuesto, ante la capacidad del detective de esclarecer los enigmas más complejos a partir de detalles, carentes en apariencia de importancia, que adquieren de pronto sentido y conducen a la solución.

El mayor acierto de Conan Doyle fue otorgar la función de «narrador» a un personaje algo ingenuo, de razonamientos lentos, que es el primero en quedar sorprendido con las hazañas de Holmes: el doctor Watson.

Ha habido muchos actores que han representado a Holmes en filmes y series. Algunos han podido captar el estilo y «el alma» del personaje literario. Otros no. Aparte del talento del actor, esto depende obviamente del guion y del director y, sobre todo, de la Productora y de sus intenciones.

Un conocido Holmes ha sido el actor estadounidense Robert Downey Jr. (aunque su papel más exitoso es el de Tony Starks y su doble: el superhéroe Iron Man). Protagonizó dos películas inspiradas en el detective de Conan Doyle, con Jude Law como Watson: Sherlock Holmes, en 2009 y Sherlock Holmes: juego de sombras, en 2011.     

Leí hace poco el anuncio de un Sherlock Holmes 3, de Robert Downey Jr., que se filmará, según se dice, cuando lo permita la pandemia. Tiene incluso una fecha tentativa de estreno: 21 de diciembre de 2021. Se adelanta que será la mejor de la trilogía.

En las dos primeras películas del ciclo, el detective renuncia a sus cavilaciones deductivas que tanta gloria le dieron en otros tiempos. Se destaca más bien como alguien muy violento y rápido, acróbata temerario, saltador desde alturas inconcebibles, boxeador y karateca de golpes demoledores, con una enorme fuerza física, invencible, sí, aunque una tropa de malhechores lo haya embestido y esté maltrecho por explosiones y ataques químicos.

Su agilidad mental (subrayada con recursos novedosos) le sirve solo para calcular en medio de una pelea hacia dónde dirigir el próximo puñetazo para que sea más efectivo. No quedan vestigios del Holmes perspicaz, agudo, en este que nos ofrece Robert Downey Jr., el equipo del filme y la omnipotente Productora.

El actor no tiene la culpa. Lo que resulta evidente es que la Productora quiere regalarnos un Holmes superhéroe, uno más dentro de las fórmulas probadas para obtener ganancias. Y, si funciona Sherlock Holmes 3, desde el punto de vista de la taquilla, filmará otro y otro más. No le interesa Conan Doyle ni su detective superdotado intelectualmente. Ni siquiera el pobre Watson, que en las películas referidas es una especie de cowboy de gatillo fácil.

Hacer versiones nuevas de obras y figuras literarias o artísticas de otras épocas es algo totalmente legítimo, siempre que se conserve el núcleo central de significación de aquello que es versionado. Ponerle el nombre de Sherlock Holmes a un ninja termina siendo, en el mejor de los casos, un chiste malo y nada más.  

Pero estamos hablando de un fenómeno más complejo, que tiene que ver con la guerra a muerte contra la inteligencia de la industria cultural contemporánea. No hay que confundirse: los relatos policiales de Conan Doyle no son obras maestras. No hay indagaciones trascendentes en sus páginas. Pero están escritos dignamente, sin grandes pretensiones, y ponen al lector ante determinado misterio y algunas preguntas. Son entretenidos (es decir, cumplen con ese requerimiento «sagrado»); pero demandan un mínimo esfuerzo intelectual. 

Las Productoras comerciales han renunciado en sus inversiones a esta exigencia. Han formado un público que rechaza complicaciones y sutilezas y busca espectáculos simples y rutilantes que lo diviertan. Choques entre buenos y malos, llamaradas, despliegue tecnológico, efectos especiales, eso es lo que vende en el mundo del show. Los duelos intelectuales no venden.

La ofensiva contra la inteligencia está asociada al mercado y también a la ideología. Lo más útil para el sistema es que la gente, absorta, entretenida, no se haga preguntas incómodas. Que no se haga ninguna pregunta. A los ojos del neoliberalismo y del neofascismo todo pensamiento crítico resulta peligroso. Pensar es peligroso. Hasta aquel sagaz Holmes, nacido en 1887, que siempre identificaba al culpable de cada crimen, puede resultar subversivo.

Foto: Sherlock Holmes 3 se filmará, según se dice, cuando lo permita la pandemia. Foto: El Diario Vasco