PASARELAS

No desfilaron modelos; sino «niños sin hogar» que se exhibían para ser escogidos y adoptados. Más allá de la repulsión que pueda provocar una idea semejante, «Adopción en pasarela» responde a la lógica del espectáculo, del show, que lo ha contaminado todo en el mundo contemporáneo

En el ámbito de la moda, las llamadas «pasarelas» son puestas en escena deslumbrantes, con muchas luces y lentejuelas, atravesadas por pasillos altos, muy llamativos, a través de los cuales desfilan modelos de ambos sexos vistiendo ropa exclusiva de diseñadores y marcas. El público, selecto, conocedor, sigue con la mirada el paso impetuoso o lánguido de las/los jóvenes y examina con atención el vestuario que se impondrá en la próxima temporada.  

Hace pocos días, en un centro comercial de Cuiabá, la capital del Estado de Mato Grosso, en Brasil, se organizó una pasarela diferente. No desfilaron modelos; sino «niños sin hogar» que se exhibían para ser escogidos y adoptados. Los organizadores de «Adopción en Pasarela» fueron, según la agencia AFP, la Comisión de Infancia y Juventud del Colegio de Abogados de Brasil y la Asociación de Investigación y Apoyo a la Adopción. Uno de los impulsores del proyecto dijo que había sido «una noche para que potenciales padres adoptivos conozcan a estos menores». Además, añadió, «los niños y adolescentes pasaron un día especial encima de la pasarela».

¿Será cierto que estos «niños sin hogar» disfrutaron exhibiéndose así? ¿Tenían los organizadores buenas intenciones? ¿Quién sabe? El hecho es que en torno a esta pasarela se generó una apasionada polémica en las redes sociales. Algunos la compararon con la exhibición de ejemplares en venta en los mercados de animales y de esclavos. Otro dijo en Twitter: «En el Brasil de Bolsonaro ya puedes ir a un centro comercial y comprar zapatos, bolsos y niños».

Más allá de la repulsión que pueda provocar una idea semejante, «Adopción en pasarela» responde a la lógica del espectáculo, del show, que lo ha contaminado todo en el mundo contemporáneo.

La propia política, en el juego «democrático» que se quiere imponer como modelo universal, es la mayoría de las veces un show más. No hay apenas diferencias entre los programas de los candidatos que desfilan por la pasarela. Lo que importa es «la imagen» del candidato, que se vea «enérgico», «resuelto», que sonría y transmita confianza, que ofrezca mensajes simples, cómodamente descifrables. En un show donde no se debaten ideas, sino frases hechas, consignas y estereotipos, la manipulación de los votantes a través de los medios y las redes sociales se hace más fácil.

La propia guerra se empezó a ofrecer como un show de televisión a partir del ataque a Irak en enero de 1991. La operación se llamó «Tormenta del Desierto», que pudiera haber sido el título de alguna película taquillera.

Muchos analistas lo consideraron el primer conflicto armado televisado «como espectáculo, con narrativa propia de serie de televisión». El objetivo principal, por supuesto, no era entretener. Buscaban sobre todo ocultar el horror de los reiterados y atroces «daños colaterales» y divulgar la imagen de «una guerra tecnológica, limpia y exitosa, eficiente y humana, dirigida solo a objetivos militares», según Douglas Kellner, autor del libro La guerra televisiva del Golfo Pérsico.

Que la gente vea las guerras imperiales de conquista como entretenidos videojuegos, como shows o pasarelas, significa una gran ventaja para el neofascismo.

Un coronel retirado del ejército de EE. UU., entrevistado a menudo en Miami con respecto a la situación de Venezuela, tradujo perversa y cínicamente una agresión militar yanqui a los términos del espectáculo. Propuso «iluminar la noche de Caracas» con «un boleo (bombardeo) lindísimo que da para buenas fotos en tu celular».

El propio concierto «Venezuela Aid Live», articulado con la entrada forzosa de «ayuda humanitaria», fue también el intento de cubrir con un show de «famosos» muy mediáticos el bárbaro injerencismo en la patria de Bolívar, de Chávez, de Maduro, de un pueblo dispuesto a defender su soberanía y su Revolución.

Esta es otra de las herramientas más extendidas de la guerra cultural: inculcarnos la percepción divertida y amoral de la realidad como show, como algo que no hay que tomarse demasiado en serio, como frívolo desfile de hechos y personajes a través de una pasarela infinita.   

Fuente: Granma