PARA LEER AL PATO DONALD

Escribí estas notas en diciembre de 2015 para la entrega a Armand Mattelart del Doctorado Honoris Causa por la Facultad de Comunicación de la UH, dentro de un evento internacional que se realizó en el Palacio de Convenciones. Armand es uno de los más sólidos impulsores del pensamiento antihegemónico en el campo de la cultura y de los medios. Y su esposa Michèle lo es también, sin ninguna duda. Si pretendemos ahondar en los temas de la guerra cultural y simbólica, hay que acudir inevitablemente a los Mattelart. El título de esta entrada (Para leer al Pato Donald) lo tomé del título tal vez más conocido de Armand, hecho en colaboración con Ariel Dorfman. Y me pareció una buena idea ilustrarla con una imagen del célebre personaje de Walt Disney.  El texto íntegro del libro en cuestión y una reseña útil sobre el mismo están en el blog «Cultura y resistencia»

Armand (y Michèle) Mattelart

Cuando Garcés me pidió que dijera en este acto «las palabras de elogio» de Armand Mattelart, le expliqué que, en todo caso, lo que podría compartir aquí con ustedes sería un mensaje de admiración, de afecto, de gratitud, hacia él, hacia Armand, y también —inevitablemente y con gran placer— hacia Michèle.

Hay que felicitar a Armand por haber encontrado a Michèle y por haber fundado con ella una pareja para la vida y para el trabajo en común. Es un privilegio. Los felicito a los dos ―en Cuba tenemos el caso de dos poetas y ensayistas de los más grandes de nuestra historia literaria, Fina García Marruz y Cintio Vitier, dos martianos, además, que vivieron y escribieron juntos hasta que Cintio lamentablemente falleció. «Destinada mía», le llamó Cintio a Fina en un bello poema. Así, como a la pareja de Fina y Cintio, veo yo a Michèle y Armand. Es decir, que Michèle es la «destinada» de Armand y viceversa.

Volviendo al tema de «las palabras de elogio», quiero decir que he estado presente en muchos actos de este tipo y he visto que las referidas palabras elogiosas son verdaderas conferencias magistrales. Estas notas que hice no tienen nada que ver con eso, y lo lamento. En todo caso, la culpa es de mi querido compañero Garcés. Yo hubiera necesitado un año sabático, o más, un quinquenio sabático quizá, para adentrarme en la amplísima obra, tan excepcional, tan grande en extensión como en profundidad, de Armand —formada por libros hechos en solitario o en coautoría con Michèle y otros estudiosos—, y tal vez otro quinquenio extra para elaborar unas legítimas «palabras de elogio», realmente dignas de esta figura mayor del pensamiento antihegemónico que hoy recibe el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de La Habana.

Empezaré con una confesión personal: aquel libro tan célebre de Armand, hecho en coautoría con Ariel Dorfman, Para leer al Pato Donald, tuvo un efecto muy impactante en mi formación, cuando estudiaba Letras en la universidad. Si algún día se me ocurre escribir una especie de bildungsroman autobiográfica, es decir, una de aquellas clásicas «novelas de aprendizaje» en las que el protagonista va pasando por una serie de «iniciaciones» sucesivas, asociadas al descubrimiento del universo de sí mismo y a la pérdida de la inocencia, tendría que referirme a mi encuentro con el Pato Donald desmenuzado por Mattelart y Dorfman.

Es más, podría comparar, sin exagerar demasiado, la experiencia algo perturbadora que significó ese libro para mí, con aquella otra, que me ocurrió muchísimos años antes, cuando un niño de mi escuela me dijo que los Reyes Magos no existían, que eran los padres. Yo creía con total ingenuidad el cuento de los Reyes Magos, de Melchor, Gaspar y Baltasar, les ponía yerba y agua a los camellos y hacía cartas diciendo que me había portado impecablemente y que merecía tal o más cuál regalo. Por supuesto, me daba cuenta de que estos Reyes no eran totalmente justos, porque había niños en mi barrio, los de familias más pobres, que se portaban muy bien y recibían regalos exiguos, ridículos. Pero, bueno, lo cierto es que me sentí engañado, traicionado, el día que supe que todo aquello era una farsa.

Yo me había creído también, como todos los niños cubanos de mi generación, y como los de muchos otros países y generaciones, el cuento de los personajes de Disney, del Pato Donald, de Mickey Mouse, de Tribilín —aquí le llamábamos Tribilín, en otras partes, Goofy—. Aunque, cuando cayó en mis manos Para leer al Pato Donald ya yo me había enterado de que en las películas del Oeste de mi infancia los «malos» eran los cowboys y no los indios, todavía conservaba un espacio benevolente —y hasta un poco nostálgico— para las criaturas de Disney. Hasta que llegaron Armand y Dorfman y ―del mismo modo brutal que aquel compañero de escuela que me dijo: «Los Reyes son los padres»― me advirtieron ―y lo probaron brillantemente― que Disney me había estado envenenando con sus patos asexuados, con su legión de sobrinos y con ese símbolo extremo del egoísmo capitalista, el Tío Rico Mac Pato, que se presentaba como un tacaño invenciblemente simpático, al que uno siempre terminaba perdonando.

Después supe más: Disney era un anticomunista furibundo, que había reprimido vengativamente al sindicato de su empresa y que trabajó como colaborador del siniestro Edward Hoover. Y hace poco la serie de Oliver Stone, La historia no contada de los Estados Unidos, nos recordaba al buenazo de Disney, el papá tierno de tantos patos, ratones, ardillas y enanitos encantadores, cuando denunciaba a colegas suyos ante el tribunal de la inquisición del Macartismo.

Preparando estas notas, recordaba el reciente Consejo Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), hace tres días. Discutíamos allí sobre ciertos símbolos yanquis que han tomado fuerza entre nosotros y que mucha gente recibe como algo «moderno» o «divertido». Y pensaba en cuánta falta nos hace difundir más, ahora mismo, en este país, el agudísimo instrumental crítico de Armand, de Michèle y de otros investigadores de los mecanismos de dominación cultural e informativa. Un instrumental, como sabemos, ajeno a consignas y exhortaciones, que nos ayuda a distanciarnos de la hipnosis y a desmontar las manipulaciones.

Armand y Michèle tienen un cierto parentesco con Gramsci, quien nació y se formó en el sur de Italia, en Cerdeña, en un contexto rural muy pobre ―en Europa, sí, pero muy del Tercer Mundo―, y esta circunstancia marcó de un modo especial su pensamiento filosófico y político. Armand y Michèle son intelectuales del Norte, con raíces entrañables en el Sur. Son nuestros, como Gramsci es nuestro ―incluso Gramsci es martiano, muy martiano, avant la lettre. Podría decirse que de algún modo viene a ser el primer marxista-martiano, antes que Mella, antes que Fidel―. El hecho es que Armand y Michèle supieron despojarse de todo vestigio de paternalismo europeo y buscar el Sur, y habitarlo no como un paisaje exótico sino como un destino ―si Michèle fue la «destinada» de Armand, el Sur estaba destinado para los dos―. Y supieron comprometerse a fondo, desde el punto de vista intelectual, político, moral y afectivo, con el Sur.

La estancia de Armand Mattelart en Chile, entre principios de los años 1960 y 1973, fue decisiva para la estructuración de su pensamiento orientado hacia el Sur, hacia la descolonización y la emancipación. Y tuvo que ser decisiva la experiencia intensa y amarguísima de vivir junto a Allende y a la Unidad Popular la ofensiva de los medios al servicio de la oligarquía nacional y del Imperio, la escalada desestabilizadora y finalmente la barbarie del golpe y del subsiguiente genocidio. En una entrevista que le hizo María Cappa, en Madrid, publicada en Cubadebate, Mattelart evoca:

lo que viví durante los tres años que estuve en contacto con la Unidad Popular, en Chile, donde mis compañeros y yo vimos, claramente, la importancia de los medios para construir a la oposición. El Mercurio […] fue el verdadero constructor del intelectual colectivo opositor. […] los editoriales de este periódico […] tuvieron un verdadero efecto al llamar hacia la movilización contra Allende…

De hecho, desde 1963 publica varios libros en Chile que van desde estudios demográficos y sociológicos hasta valoraciones sobre el papel ideológico, político y de poder de los llamados mass media; es decir, desde su Diagnóstico social sobre América Latina. Las estructuras sociales, freno al desarrollo económico (1963) hasta Los medios de comunicación de masas. La ideología de la prensa liberal (1970) ―en coautoría con Michèle y Mabel Piccini―, texto que, según algunos estudiosos como Enrique Bustamante, marca el comienzo de las contribuciones de Armand a la comunicación, pasando por Integración nacional y marginalidad, ensayo de regionalización social en Chile (1965) ―con Manuel Antonio Garretón―, Atlas social de las comunas de Chile (1965), La mujer chilena en una nueva sociedad, un estudio exploratorio acerca de la situación e imagen de la mujer en Chile (1968) ―en coautoría con Michèle―, Juventud chilena, rebeldía y conformismo (1970)―también con Michèle―, Comunicación masiva y revolución socialista (1971) ―con Patricio Biedma y Santiago Funes― y Agresión desde el espacio. Cultura y napalm en la era de los satélites (1972), entre muchos otros. Después del golpe y de su exilio codirigió La Spirale (La espiral), un documental sobre el período de la Unidad Popular, exhibido en el Festival de Cannes en 1976.

Anoche, cuando todos estábamos pendientes de los resultados electorales en Venezuela, que ya sabemos cuáles fueron, vi a Ramonet comentándole a Telesur acerca de la gran conspiración mediática internacional que ha cercado sin piedad, sin tregua, al gobierno del presidente Maduro. Y en marzo de 2014, en la entrevista que cité ahorita de Armand con María Cappa, una excelente entrevista, en medio de la más rabiosa campaña de los medios hegemónicos contra la Venezuela Bolivariana, cuando tantas voces desde la derecha y desde una supuesta izquierda se alzaban día a día para unirse al coro de los que impulsan la Contrarreforma en América Latina y quieren liquidar lo que empezaron a construir Chávez y Fidel con el ALBA y que nos llevó hasta algo tan inimaginable en otros tiempos como la CELAC, Armand Mattelart, nuestro Armand Mattelart, declaró valientemente:

creo que hay un plan del Pentágono y del Departamento de Estado de EE.UU. para derrocar y terminar con el régimen chavista […]. A Estados Unidos le molesta que gobierne el chavismo en Venezuela desde un punto de vista geopolítico. Pasa igual con otros países. Creo que es una nueva guerra en contra de lo que ellos llaman el retorno de la subversión contra EE.UU. Es evidente que han repensado esto e, incluso, cada vez tienen más estrategias del uso de las nuevas tecnologías para participar activamente. […] Lo que ocurre es que todos los grandes medios occidentales se han puesto de acuerdo para condenar al Gobierno de Venezuela pero no al estadounidense. No quieren contar que Estados Unidos está acorralando a los diferentes gobiernos que, por diferentes motivos, no les gustan…

En esta misma entrevista, Mattelart nos recuerda:

La guerra determinante en la historia del manejo de los medios de comunicación fue la Primera Guerra Mundial, […] una guerra de propaganda en la que apareció por primera vez una oficina de censura y de orientación de la información […]. […] fue el Gobierno estadounidense quien aconsejó sobre la estrategia que tenían que seguir los medios para convencer a la población de que su país debía participar en el conflicto. […] Este es un elemento fundamental, porque las estrategias que aprendieron del comportamiento de los medios en una guerra para movilizar a las masas o, más específicamente, para lavar los cerebros, los usaron después con la sociedad civil en situaciones tanto de guerra como de paz, hasta llegar al punto más representativo, que fue el comportamiento de los medios en el atentado de las dos torres, que fue fundamental. […] Si nos fijamos en EE.UU., en la guerra contra el terrorismo, su comportamiento se basa en un conjunto de excepciones: respecto a la libertad de expresión, a la libertad de prensa y, finalmente, a la libertad de movimiento de los ciudadanos, todo ello justificado por la mayor parte de los medios. Incluso la vulneración del derecho a la privacidad.

Puedo imaginar cuánto sufrieron Armand y Michèle el exterminio del noble proyecto de la Unidad Popular y de tantos hombres y mujeres cargados de utopía. Supongo —aunque no se los he preguntado— que fue también muy duro para ellos ver cómo el sistema liquidaba aquel movimiento liberador de los sesenta y absorbía a sus líderes o los condenaba a las más humillantes frustraciones.

Asistieron también al derrumbe del Muro, de la URSS y del llamado «socialismo real», a la desmoralización generalizada de la izquierda, a las teorías del «fin de la historia» y a los cantos triunfales de los adoradores del dios Mercado. Sin embargo, Armand y Michèle mantuvieron la ruta tercamente antihegemónica, humanista y emancipadora de sus investigaciones: «No he perdido mi capacidad de indignarme [declaró Armand en una ocasión]. Pueden haber cambiado muchas cosas, pero no mi indignación constante ante los desniveles de equidad y ante la injusticia. En eso sigo siendo el mismo de siempre».

De ahí que cuando Pablo González Casanova y otros intelectuales mexicanos, cubanos y de otros países de Nuestra América lanzaron la convocatoria de formar una red de intelectuales, artistas y movimientos sociales, Armand y Michèle se adhirieron de inmediato. Era, en ese momento pos-Muro, una red diseñada y concebida escandalosamente a contracorriente de los procesos de la cultura dominante.

Precisamente, en un texto titulado «Los intelectuales y los media», publicado en la fecha ya remota de 1985, Armand y Michèle adelantaron la caracterización de un fenómeno que ha venido creciendo y articulándose más y más, hasta llevarnos en el presente a un panorama patético. Voy a citarlo: «La larga tradición de análisis crítico sobre los […] medios de comunicación de masas parece hoy barrida […] en el momento […] en que la explosión de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información dan a la cultura mediática un papel cada vez más determinante en la vida social…

Se ha legitimado, aseguran, ante el festejado «advenimiento de la sociedad de la información y la filosofía del mercado», «la cultura mediática», que cuestiona «toda una parte de la historia occidental de las ideas y de las teorías sobre la cultura […] [y] también la historia de las relaciones que ha mantenido con los media la clase intelectual. Con ella, igualmente, la historia de las relaciones que los intelectuales han mantenido con las otras clases y grupos sociales».

Y añaden Michèle y Armand:

En el contexto posmoderno ya no es ciertamente el intelectual tradicional el que está llamado a ocupar el lugar central. […] Si se quiere sobrevivir en este nuevo campo de fuerzas, resulta oportuno observar las reglas de la puesta en escena mediática, con el riesgo de dejarse en el vestuario toda interrogación sobre las apuestas del trabajo intelectual. Es necesario ocupar el terreno preocupándose ante todo de definir la mejor imagen para ofrecer al público…

En este punto, me gustaría subrayar que el papel de líderes espirituales que tuvieron en otras épocas escritores como Zola, Víctor Hugo, Tolstoi, Sartre, entre otros, ha sido entregado por esta «cultura mediática» a aquellos profesionales del «vestuario», ajenos por esencia a «las apuestas del trabajo intelectual»; es decir, a los llamados «famosos», cuyas travesuras y frases vacías son seguidas en las redes sociales por millones de fanáticos.

En este mismo ensayo, Armand y Michèle introducen una cita realmente inquietante y muy reveladora de la novelista Armie Ernaux: «Existe como una renuncia progresiva y casi generalizada a las preguntas que siempre se ha planteado […] la literatura sobre su papel, su finalidad; su relación con lo real, con la sociedad, aunque solo fuera para negarla […]. Es posible que […] la literatura renuncie a todos los poderes distintos de los del placer y la distracción».

En ese temprano ensayo Armand y Michèle desmontan los mecanismos de «la conexión cultura-negocio» para desplazar del mercado todo lo que no sea vendible, y van más allá, para mostrarnos cómo, en su avance arrollador, esa oleada mercantilista ha logrado domesticar incluso a los antiguos críticos «apocalípticos». «En algunos medios intelectuales [aseguran] no se ha llegado a discernir lo verdadero de lo falso en las teorías de la Escuela de Fráncfort. Y algunos se libran hoy alegremente de las dudas que, a sus ojos, han inhibido a tantos de sus predecesores».

Ahora, treinta años después de escrito «Los intelectuales y los media», hay que resaltar que los Mattelart han sido unos adelantados en los análisis sobre la crisis cultural global. Es impresionante cómo vieron muy temprano, por ejemplo, la farsa de la tecnología presentándose con ropaje democratizador. Resulta muy significativa la evaluación que hacen de un debate que hubo en Francia «sobre los usos sociales de las nuevas tecnologías (videotexto, teletexto, cable, etcétera) y […] el papel que puede jugar la investigación en las ciencias sociales para acompañar al dominio democrático de las nuevas redes». En esta discusión, fueron atacados por «un publicitario» de manera demoledora. Este «publicitario»[F1]  opuso a los afanes teorizantes y democratizadores dos principios básicos entrelazados: el deseo y el juego. Según Armand y Michèle, este portavoz de los nuevos tiempos dijo:

lo que está pasando con esas tecnologías es un formidable trastorno del deseo, un formidable aspirador movido por el deseo; lo que pasa en California es que las gentes tienen ganas de ello. Cuando digo las gentes hay que tomar el término en una acepción muy amplia: son quizá los publicitarios, los jóvenes empresarios, las asociaciones de consumidores, etcétera. Se trata […] de crear las condiciones para que las gentes tengan ganas de jugar… Van a llegarnos nuevos productos japoneses o estadounidenses porque ellos habrán conseguido crear las condiciones en que las gentes van a jugar con el deseo e inventar productos y usos nuevos…

Es decir, concluyen Michèle y Armand: «Frente a la pesadez de la herencia de un servicio público cuyo pensamiento sobre lo social se asimila a las formas arcaicas del cuadriculado tecnocrático, he aquí legitimado como natural el empuje de las nuevas tecnologías porque responden a la dinámica, también natural, de los deseos: deseo de comprar, deseo de comunicar, deseo de utilizar los nuevos medios…». Así quedan suprimidos, pues, el derecho y la obligación del Estado de establecer políticas culturales públicas ante la avalancha neoliberal, en la práctica y en la producción teórica.

Por otra parte, continúan Armand y Michèle, «la ideología dominante» en el campo de la cultura ha ido absorbiendo y anulando «los múltiples procesos de liberación que agitaban a la sociedad». El movimiento de emancipación femenino, por ejemplo, se integra a «las estrategias de ventas» de las corporaciones para construir una imagen: el «ideal de la mujer moderna». No importan las ideas, los principios, los valores. Solo tienen valor la figura, el estilo, el swing, las marcas de los zapatos, de la ropa, del automóvil. En suma, es «la época del look, la era de las apariencias, la que se abre. […] En el goce de la forma y sus resplandores ha dejado de tener importancia el contenido». Algo que vemos de manera escandalosa en la política, donde «dar una buena imagen», fotografiarse del modo más «atractivo» o «sexy», es más ventajoso que ofrecer alternativas o programas.

Al propio tiempo, anuncian la desintegración acelerada de «los órdenes y las jerarquías». «Todo se da en el instante», y ya no es posible saber que es «importante y no importante, esencial y no esencial, entrada y salida, “primera instancia” y “última instancia”, preámbulo y desenlace».

En un libro de 1986, Pensar sobre los medios, señalan al paso algo que ya habían advertido en el Chile acosado de Allende, cuando los obreros desatendían la información sobre la crisis para ver las telenovelas: «el consumo ―el consumo cultural, pero también de forma más general los modelos de consumo― apenas si ha sido tomado en cuenta por la izquierda». Advierten una «carencia histórica del movimiento obrero», en los partidos y en los sindicatos, un «desinterés por la dimensión consumo y más generalmente por el marco de vida y por los problemas de la vida cotidiana de la gente». Por eso, consideran, «han nacido nuevos movimientos sociales» y algunos reivindican «un sindicalismo del marco de vida». Consumo cultural y modelos de consumo, marco de vida, una construcción subjetiva que tiene que ver con el sentido de la vida, con la hegemonía de la «nueva cultura» gramsciana.

Hay que decir que en los debates de la izquierda han faltado muchas veces los temas que tienen que ver con los de este congreso. Una de las batallas que perdió aquel socialismo que se derrumbó fue el de la comunicación y la información, el de la cultura, el del «sentido de la vida». Por eso, es tan significativo tener aquí con nosotros a Michèle y a Armand, y a otros especialistas internacionales muy importantes, como me explicaba Garcés, para enriquecer nuestras discusiones con otros puntos de vista, con material teórico del más alto nivel.

Para terminar, quiero recordar que este homenaje se da en uno de los momentos más terribles de la historia contemporánea. La política debe verse como un show; la guerra, como un show; las catástrofes ecológicas y humanitarias, como shows. El Papa Francisco dijo que se había iniciado una tercera guerra mundial por etapas, y uno se siente tentado a darle la razón. Vivimos, como todo el mundo sabe, una crisis medioambiental, ética, de legitimidad de la política tradicional, económica y sistémica, de los valores más elementales de solidaridad entre seres humanos, de la memoria cultural e histórica, de la inteligencia, del humanismo. Junto a esto, asciende el fascismo, la xenofobia, el racismo, el odio, el culto a la violencia. El Frankenstein creado por la CIA para sacar a los soviéticos de Afganistán se ha ramificado y terminó proliferando y convirtiéndose en un monstruo mucho mayor y más poderoso y, por lo pronto, sirve para provocar el pánico ―tan útil en medio de las crisis del sistema― y, de paso, favorecer electoralmente a la ultraderecha.

Aparte de sus drones y de su armamento cada vez más sofisticado, el sistema sigue contando con el Pato Donald, junto al ejército de superhéroes hollywoodenses y los misiles de alcance global, para llevar sus mentiras a todas partes. Cultura y napalm, como aquel título de Mattelart, siguen juntos, muy unidos, complementándose, para defender los intereses imperiales.

Nunca como hoy nos urge contar con personas lúcidas y honestas, de una lucidez y una honestidad a toda prueba, como Armand y Michèle Mattelart.