EL PRIMERO DE LA PRIMERA GUAGUA

Escribí no hace mucho “El primero de la primera guagua”, después del concierto en la Habana de los Rolling Stones. Pertenece a una serie, “Cuentos de Walter del Pino”, que espero terminar algún día y verla publicada en forma de libro. Tres de estos cuentos aparecieron como una especie de anexo en el volumen Noche de sábado y otros cuentos  (Editorial Capiro, Santa Clara, 2016, con prólogo de Francisco López Sacha). Walter del Pino es pinareño, como yo, y le gustan, como a mí, los Rolling Stones. Pero no creo que pertenezca a mi generación. Walter parece a veces ser más viejo, muchísimo más viejo, y otras veces actúa como un adolescente. Nadie se atreve a  calcular su edad ni a preguntársela.  

El primero de la primera guagua

1

Molina montó en su casa un negocio levemente ilegal. Lo bautizó “El Bar del Pueblo” y quiso luego sumarle un lema para reforzar la vocación democrática del sitio: “todo barato y en moneda nacional”. De hecho, no hay en Marianao un establecimiento, llamémosle así, más acogedor para los menesterosos. Tú entras allí, por ejemplo, con diez pesos cubanos, y puedes sentarte a consumir un trago del aguardiente que fabrica Pupy el Químico y tres croquetas verdosas hechas por Xiomara, la mujer de Molina, salpicadas de puré de tomate. ¿Qué más pedirle a la vida en estos tiempos? Por eso la gente humilde de la zona lo ha escogido como centro de convenciones y tertulias, debates de corte político-ideológico, intercambio de chismes, torneos de dominó y cubilete, citas románticas, encuentros y  confluencias, como diría Lezama. Es también el lugar idóneo para que los nuevos vecinos que se mudan al barrio se presenten oficialmente en sociedad.

2

Fue en el bar “del Pueblo”, o (mejor) de Molina, donde conocimos a una vecina recién llegada: Mimí la Trágica. Estaba llena de contradicciones. De entrada, había un contraste muy obvio entre el apelativo tintineante y coqueto de Mimí y el áspero nombrete que acarreaba desde quién sabe cuándo: la Trágica. Un segundo contraste, brutal, se daba entre la palidez casi mortuoria de su piel, de un lado, y, del otro, las grenchas teñidas de negro-carbón y la vestimenta del mismo color enlutado que escogió como uniforme diario de batalla.  Invariablemente se ponía pulóveres donde asomaban las efigies desvaídas de figuras célebres del rock y minifaldas cortísimas que exponían sus muslos flacos y lívidos y a menudo la punta del blúmer. Claro, nadie en el bar de Molina ni en el barrio ni en todo Marianao le miraba los muslos ni la punta del blúmer ni siquiera el contorno de los pechitos afligidos debajo del pulóver, sueltos, sin ajustadores. Y mucho menos la máscara de su rostro coléricamente maquillado. Fea, rugosa, descarnada, había perdido todo atractivo, si es que tuvo alguno en otras épocas. Para colmo, hablaba demasiado.

Era temible, en especial si irrumpía a media tarde en el bar con deseos arrolladores de beber y contarles a los demás sus dramas personales. Hablaba, hablaba, y solo hacía las pausas imprescindibles para sorber aguardiente y dar chupadas ávidas al cigarro de turno (fumaba de manera compulsiva y encendía cada cigarro con el cabo ínfimo del precedente). Describía, monologante, agotadora, su patria chica, Caibarién, donde fue tan feliz, y al novio maravilloso que en su adolescencia le permitió descubrir el amor verdadero,  Alex, el Divino Alex. Y maldecía a sus padres por haberlos separado para remolcarla con ellos a la Habana, al tipejo con quien se casó aquí y a la retahíla de amantes ocasionales y depravados que le desfiló a continuación por encima. Nos daba lástima, la pobre, pero incluso la lástima tiene límites.     

—Alex sí sabía tratar a una mujer —decía—. Nació sabiéndolo. Desde jovencito, sin que nadie se lo enseñara, supo qué necesitan el cuerpo y el alma de una mujer. Cómo tocarlas con la mirada, primero, de arriba abajo, y después poco a poco con caricias más íntimas. ¡Qué hombre, Dios mío! Lindo, atlético, perfecto, el pelo largo y rubio hasta la mitad de la espalda. Fue el líder de los hippies de Caibarién. Un hippie, sí, pero limpio, aseado, caballeroso. La mayoría de la gente allá no soportaba a los hippies, pero Alex caía bien. Igualito a Cristo. Todas las muchachas, las niñas, las viejas, todas las mujeres de Caibarién, todas, vivían enamoradas de Alex. Se derretían nada más de verlo y entonces ni se acordaban de su hippismo. Cuando nos hicimos novios, me busqué el odio de medio pueblo. Me echaron brujerías, me calumniaron, dijeron de mí las cosas más sucias, puta, tortillera, cochina, que tenía sífilis, gonorrea, de todo…  

—Alex, Alex, está bueno ya de Alex, chica —intervenía Xiomara—. Pasa la página. Y si te falta voluntad para olvidarte de él, vete a buscarlo a Caibarién.

—Ya no está en Caibarién.

—Búscalo donde esté. ¡Fájate por él! ¡Aunque se haya ido pa Miami, búscalo! Total, seguro se volvió un vejestorio calvo y cagalitroso.

En ese momento la Trágica se echaba a llorar, y Xiomara le servía más aguardiente.  

3

Fue ella quien trajo la noticia al bar. ¡Los Rolling Stones van a presentarse en la Habana! Llevaba un pulóver con el símbolo del grupo, la bocaza, la lengua, y esgrimía, sobrexcitada, un recorte maltrecho del Granma. Molina extendió en el mostrador el papel estrujado y húmedo, lo planchó con las manos, y pudimos ver la fotografía de cuatro viejos viejísimos, peludos y sonrientes. Eran ellos, sin ninguna duda. Pensé que la Trágica se había pasado el día entero manoseando aquel trozo de periódico, mostrándoselo a la gente en la calle, mimándolo, besuqueándolo, llorando en el papel, soplándose la nariz con el papel, usándolo en un ritual secreto para convocar al fantasma de Alex.

               Xiomara echó un vistazo despectivo a la foto de los Rolling.

               —El que yo quiero que venga es Manzanero —dijo.

La Trágica se puso las manos temblonas en la cabeza. Aquella ofensa alcanzaba tales proporciones que la había desconcertado. Parecía al borde de un ataque epiléptico o de lanzarse al cuello de Xiomara y estrangularla.

— ¡Infeliz! No entiendes lo que va a pasar en la Habana, no eres capaz de entenderlo. ¡Manzanero! ¡Qué asco! ¡Son los Rolling, m’ hija! ¡Los Rolling!

Paseó los ojos iracundos por todo el bar, repleto a esa hora de admiradores de Manzanero, y los detuvo en mí.

— ¡Walter! ¿Tú sí entiendes? ¿O no?

Le dije que sí, y me abrazó. Olía a alcohol, a sudor, a otras sustancias recónditas.

— ¿Vendrías conmigo al concierto? No quisiera ir sola.

—Okéi, vamos juntos.

—Gracias, gracias, gracias…

Y repetía “gracias, gracias” mientras volvía a la carga y apretaba contra mí su cuerpecito durante unos minutos interminables.    

Esa noche habló y bebió frenéticamente y nos reveló por fin que Alex, el Divino Alex, había muerto dos años atrás de un infarto repentino, fulminante, y no tendría oportunidad de ver a los Rolling. Dijo que en los 60 el mejor lugar de Cuba donde se cogía la dobliú era Caibarién y que el mejor lugar de Caibarién para cogerla, oírla y disfrutarla era la azotea de la casa de Alex. Terminó su monólogo evocando a su novio mientras alzaba contra el cielo nocturno un perchero a manera de antena y el modo en que descendía el rock desde las alturas como un relámpago lento y melodioso para circular a través del perchero y de los brazos fornidos de Alex y derramarse por la azotea colmada de gente. La melena rubia del Divino Alex se expandía, henchida de electricidad y de música, y los rockeros, poseídos, bailoteaban en estado de éxtasis. Ella, Mimí, no hacía nada de eso, no, qué va. Debía estar vigilante, muy atenta, porque montones de mujerzuelas se fingían extasiadas para pegarse a Alex. Ella no podía descuidarse, dijo.  

4

Cometí un error indigno de mi edad y mi experiencia al comprometerme a acompañarla al concierto. A partir de ahí, la Trágica me sometió a un acoso despiadado cuando todavía faltaba una semana para la Gran Noche. Se convirtió en una ladilla obsesiva, irritante, con spikes, como se dice. Averiguó la dirección de mi casa y me pasaba notas manuscritas por debajo de la puerta, “Walter, ¡tenemos que hacer una reunión preparatoria para los RS!, un beso, Mimí”, “Walter, llámame al móvil urgente, besos-besos-besos, Mimí”, “Walter, ya están montando el escenario de los RS, ¡es grandioso!, llámame, bsss, Mimí”, y así por el estilo. Me dejaba recados con el barbero de la cuadra, con vendedores y revendedores ambulantes y sedentarios, almendroneros, cederistas destacados y rezagados, manicures, contrabandistas, apostadores, dueños y meseros de paladares, amas de casa, turistas, jineteras, jineteros, muchachones sin empleo y sin interés por encontrarlo y otros espíritus encarnados y desencarnados. Decidí alejarme por esos días del bar de Molina para no topármela y verme obligado a mandarla pal carajo, pero consiguió mi teléfono, y empezó a llamarme en los horarios más increíbles. Insistía en explicarme que había empleado sus ahorros en habilitar dos mochilas con latas de sardinas, paquetes de galletas saladas y dulces, chocolates, botellitas de agua Ciego Montero, un módulo de medicinas básicas y todo lo esencial para el ascenso al Himalaya. Pretendía acampar desde la mañana del día anterior en la explanada de la Ciudad Deportiva, a unos metros de la escena, antes de que los  peregrinos  idólatras provenientes de todos los rincones de la capital y del país coparan los sitios privilegiados.

—Nada más de Caibarién van a venir tres guaguas repletas. Ya hicieron una ponina y las  alquilaron. Un montón de gente tendrá que viajar en el techo o colgando de las ventanillas, pero no les preocupa. ¡Imagínate tú! ¡Millones de fanáticos peleándose por un lugarcito! ¡Hay que marcar temprano!

—Creo, Mimí, que se te montó Baden Powell o algún otro muerto explorador. Yo no tengo nada que ver con eso. Perdóname, pero no voy a pasarme una noche a la intemperie. Mi salud no me lo permite.

— ¡Por Dios Santo, no hables así! ¡Son los Rolling! ¡Los Rolling!

—Podemos salir sin apuro a las cinco de la tarde y alrededor de las siete estamos en la Ciudad Deportiva. El concierto empieza a las ocho y media. Sobra tiempo…   

— ¡Te volviste loco! ¡A las siete allí no cabe nadie! ¡Tendríamos que quedarnos a diez kilómetros del escenario! ¡Habría que buscarse un telescopio para ver a los Rolling!

—No exageres, Mimí. No hagas que me encabrone, por favor…

— ¡Encabrónate si te da la gana! ¡Pero quítate de la cabeza esa idea de llegar a las siete!

El tono de nuestras discusiones telefónicas subía a medida en que se aproximaba el concierto. Y subía y subía igualmente la exaltación de Mimí. Hasta que resolví decirle que no jodiera más, que se fuera para la Ciudad Deportiva por su cuenta, que yo iría por la mía, y ya. Pero pronto me incliné por emplear la mayor diplomacia y, en su próxima llamada, a las once de la noche, le informé que había arribado a una conclusión meditada, serena. Aunque compartíamos una devoción similar por los Rolling, le dije, nos separaba una discrepancia, digamos, metodológica, sin solución alguna, en lo concerniente al traslado hacia la sede del espectáculo. Por tanto, concluí, debemos emprender por separado la aventura.

Mimí rompió a llorar trágicamente.  

—Qué decepción. Otra más. ¿Hasta cuándo, Dios, voy a recibir decepciones? Ay, Walter, yo pensé que tú eras un hombre de palabra. 

—Lo soy, Mimí, lo soy. Pero, si mal no recuerdo, te dije que iría contigo a un concierto de rock. No hablamos de ninguna expedición irracional, de latas, mochilas y acampadas. Excúsame, no me gusta ser grosero con las damas, pero eso es una soberana comemierdería.

Mimí lloró más. 

—Walter, quiero verte. ¿Puedo ir ahora a tu casa?

— ¡A mi casa! ¡Son las once y media de la noche! ¡Tengo sueño!

—Voy para allá —dijo. Y colgó.

5

Me deprime, me avergüenza, me enferma, rememorar aquella visita intempestiva de Mimí la Trágica a mi casa.

               Tocó a la puerta con la violencia del lobo feroz en la fábula de los tres cerditos. Le abrí, qué otra cosa podía hacer, y entró como una tromba. Debo aclarar que lo que llamo “mi casa” no es en realidad una casa, sino un agujero rebosante de cachivaches estropeados, libros, dibujos, piezas de ajedrez, cucarachas, ratones, escombros. El Caos en su versión más confusa y mugrienta. Estuve a punto de pronunciar la frase clásica, “No te fijes en el reguero”, pero me di cuenta de que Mimí no iba a fijarse jamás en ningún reguero. Posiblemente sobrevivía en un agujero más caótico y sucio que el mío.

Vestía su uniforme habitual, aunque una cinta de rayas coloridas le cruzaba la frente y había agregado a su pulóver del símbolo bucal de los Rolling varios sellos y pegatinas con las imágenes de Mick Jagger, Keith Richards y Brian Jones, el fundador difunto. Cargaba además una bolsa.  La vació sobre mi mesa paticoja.  Una botella del aguardiente casero tan familiar para mí, las no menos familiares croquetas verdosas, preservativos y un CD sin carátula que en su letrero escrito a mano anunciaba los Greatest Hits del grupo.

—No me importa el qué dirán, Walter. Estoy dispuesta a entregarme a ti.

— ¿Cómo dices?

—Lo que oíste, que he venido dispuesta a entregarme a ti.

Empecé a sudar. 

— ¿Tienes vasos?

Señalé el fregadero.

Sirvió dos tragos y vino a sentarse al lado mío, en el camastro. Percibí sus olores, más fuertes que nunca.

— ¿Qué te pasa?

—No sé. Algo que comí me cayó mal.

— ¿Brindamos?

—Okéi, ¡salud!

— ¡Por el amor y por los Rolling!

—Por los Rolling.

— ¿Te niegas a brindar conmigo por el amor?

—No, coño, Mimí, es que hay un malentendido.

—Bésame.  

—No voy a besarte, Mimí. Ni voy a acostarme contigo.

— ¿Por qué? ¡No me digas que no te gustan las mujeres!

—Sí me gustan, coño, cómo no van a gustarme…

—Entonces soy yo la que no te gusta.

—Es que para mí tú eres una amiga. Te he visto siempre como una amiga, honesta, apasionada, que ha sufrido mucho. Te tengo afecto, te respeto.

—Pero si ya te dije que vine a entregarme a ti. Tócame, bésame, no me respetes tanto. ¿Qué hago yo con tu respeto?

—Supongo que nada.

—Nada, claro que nada. ¿Cuál es el problema? ¿Estoy demasiado flaca para ti? ¿Son las gordas las que te gustan? ¿O será que andas haciendo papelazos detrás de las jovencitas? Ya yo me bañé por la mañana, pero si quieres me vuelvo a bañar. ¿Cómo se baña uno aquí? ¿Con aquel cubo?

—Por favor, Mimí, no me presiones. Voy a sentirme mal si te digo algo desagradable. Vete a dormir. Es tardísimo, me cago en Dios.

— ¿Me estás botando de tu casa, Walter del Pino?

Le dije que sí, y se puso de pie, me tiró el trago en la cara (como en las películas) y se fue.

6

No volví a ver a Mimí la Trágica hasta la noche del concierto. Se sacudía en medio de la multitud, en el centro más hirviente y denso de la marea. Al cabo de un rato la perdí de vista. Casi en la despedida, con Satisfaction, la distinguí de nuevo mientras brincaba como un saltamontes delgado y quebradizo, sí, pero a la vez curiosamente intenso, poderoso,  volcánico.

Más tarde, cuando la música había cesado y la muchedumbre empezaba a dispersarse, me la tropecé.

               — ¡Mimí! ¿Cómo estás? ¿Qué te pareció?

               — ¡Un sueño! ¡Una maravilla! ¡Un milagro!

               Estaba sudando a chorros bajo la mochila enorme. En sus facciones emborronadas se mezclaban la euforia, el dolor, la nostalgia. Me dijo que había estado recordándolo a él, al Divino Alex, todo el tiempo. Por un momento creyó entreverlo en el gentío con su estampa de Apolo y la espléndida melena dorada. Fue una  equivocación, por supuesto. Se abrió paso a codazos y comprendió que lo había confundido con un individuo peludo y rubianco, anodino, gris, algo así dijo.

Luego suspiró muy hondo. Me dirigió un gesto de despedida con la mano, se acomodó la mochila en la espalda y echó a andar despaciosa y trabajosamente.

               —Espérate, Mimí, déjame ayudarte con la mochila.

Se apartó, brusca, ofendida, y me miró con un arranque imprevisto de hostilidad.

—No, gracias. ¿Cómo vas a cargar con esta “soberana comemierdería”? Y no se me olvida que me botaste de tu casa.

               —Mimí, no jodas, discúlpame. No seas soberbia.

               —No es soberbia, Walter del Pino. Es dignidad. 

               Siguió su marcha a tropezones, tambaleándose, jadeante, con un rictus de coraje y decoro en el rostro pálido. Yo caminaba a su lado. No llevaba ninguna mochila, pero, debo confesarlo, me sentía morir. En la esquina de Boyeros y 51 le propuse hacer una parada. Accedió, y nos sentamos juntos en un murito. Tomó agua, se secó con una toalla el sudor de la frente, del cuello,  y devoró un paquete de galleticas dulces. No me brindó ni una sola.

— ¿Estás cansado, Walter del Pino?

—Muy cansado.  

               —Qué debilucho me has salido. ¿Sabes qué hubiera hecho Alex en una situación así? Montarme a caballito arriba de sus hombros, ponerse la mochila bajo el brazo y subir por 51 a toda velocidad. En diez minutos estábamos en mi apartamento.  

               —Me estás hablando del Alex jovencito de Caibarién. ¡Un tipo de veinte años es el León de la Metro! Yo en cambio estoy viejo, diabético, hecho mierda.

               —Pero Mick Jagger tendrá tu edad, o más, y estuvo bailando allá arriba desde el principio. ¿No viste cómo se movía?

               —Seguro toma vitaminas y cocimientos estimulantes. Habría que preguntarle la receta. 

—No me vengas con esa historia. Lo que pasa es que enfrenta su vejez de otra manera. No como tú. ¡Alex sería hoy un viejo como Mick Jagger!

—Alex, Alex. Sigues enamorada de Alex.  

—Sí, no te lo voy a negar.  

Volvió a suspirar, más hondo, mucho más hondo, y se limpió un lagrimón con la toalla. Miró  hacia atrás. Hacia el inmenso escenario ya apagado, en silencio.

—Qué pena que la muerte no le dio un poquito más de tiempo —dijo—. Alex hubiera sido el Guía. El primero de la primera guagua de Caibarién.

(De la serie “Cuentos de Walter del Pino”)

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